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Mundial Sudáfrica 2010: Costumbre mundialista de 14 amigos

Un grupo unido. Comenzaron siendo tres en Francia ’98. A Sudáfrica 2010 viajaron 14. Hicieron base en Pretoria. Alentaron y sufrieron con la selección. Un viaje memorable.

10 de julio de 2010 a las 09:34 a. m.
Alfredo de la Torre, especial desde Sudáfrica
Mundial Sudáfrica 2010: Costumbre mundialista de 14 amigos

Terminó el Mundial. Aunque para nosotros, los argentinos, ya había terminado unos cuantos días antes, con los goles de Klose, Müller y los amigos del pulpo Paul.

Los mundiales de fútbol, sin entrar en discusiones comerciales y políticas de la razón que no entiende la ingenua pasión, se han convertido desde la década de 1980, y cada vez más con la ayuda de la tecnología, en el máximo evento del planeta. Los Juegos Olímpicos no logran interpretar el concepto de fiesta universal, que sólo está adherido a una pelota rodando sobre cualquier superficie. La adrenalina del fútbol y el nacionalismo, a veces inentendible pero espontáneo, que nace y crece atrás de una camiseta, lo convierten en un momento único.

En 1998, tres amigos cumplieron el sueño de viajar para entender, metidos en el corazón de esa fiesta, de qué se trataba. Y la providencia los benefició con un bautismo inigualable: aquella noche de Saint Etienne, la del 2 a 2 con Inglaterra, la de los goles del “Bati” y “Pupi”, de los de Owen, de la expulsión de Beckham a manos del gran actor argentino sir “Cholo” Simeone, de los penales, de las manos de Roa, de las dos horas de canto sin parar, hasta que nos echaron del estadio. “Sólo comparable con el nacimiento de un hijo”, escuché decir a algún enajenado.

Claro que no, pero si de sensaciones extremas se trata, pocas se pueden comparar. Para ese grupo, no hubo retorno. Pasó a ser una obsesión; la historia se empieza a contar en bloques de cuatro años (en el último almuerzo previo a este viaje, alguno comentaba que había cumplido aniversario de casamiento: "Cumplí cinco mundiales de casado", fue la referencia).

Se vive desde el mismo momento en que termina el anterior. Se planea, se sueña, se organizan los trabajos y los ahorros. Se comparte y se acepta en las familias, por suerte. Aquéllos tres de Francia fuimos siete en Alemania (Corea-Japón quedó sepultado bajo el “default”, el corralito y la pesificación asimétrica; al fin de cuentas, todo un anuncio del aciago año 2002) y terminamos siendo 14 en Sudáfrica.

El grupo de amigos mundialistas tiene nombre y bandera: Los Machos. ¿Por qué Los Machos? Había en aquella época un programa donde cinco amigos se juntaban una vez por semana a comer, en casa del anfitrión, turnándose para cocinar distintas especialidades, agasajando al resto, hablando de la vida, sus mujeres, de miedos y triunfos. Nosotros sólo nos juntábamos a comer una vez por semana; ni cocinábamos ni hablábamos de mujeres: siempre fútbol. Así nació la idea del Mundial y así vino la bandera. En honor a esa joya televisiva, llamamos así al grupo.

Nuestra base de operaciones fue Pretoria, más precisamente el Brooklyn Guesthouse, ubicado estratégicamente a 10 cuadras de la concentración argentina, a 12 del Loftus Versfeld Stadium, a seis del shopping y a una cuadra del Pretoria Tennis Club, donde matizamos las esperas entre partido y partido demostrando que, como tenistas, somos muy buenos hinchas de la selección.

En Pretoria convive un arco iris de razas que, a pesar de un pasado tumultuoso, ha encontrado su armonía a partir de convertirse en una de las áreas principales de la nueva democracia. Cada cultura de Sudáfrica está representada aquí. Esta zona, junto a Johannesburgo, representan la concentración multicultural y étnica más completa y compleja del planeta. Su origen está en la llegada de inmigrantes de todo el mundo, atraídos por el oro y los diamantes que producían.

La diversidad, el progreso basado en la unidad, en un armonioso blend entre las raíces africanas y las tradiciones europeas, hacen de Pretoria una ciudad única en el continente; según dicen, la más segura de todo África.

Y si para muestra, basta un botón, lo pudimos comprobar en carne propia en Hatfield Square, corazón de la movida mundialista en Pretoria. El lugar está bueno, hay buen ambiente y está repleto de locales donde consumir la tan necesaria comida chatarra que tan bien combina con este tipo de viajes. Allí, uno de nuestros amigos olvidó las llaves puestas en el auto, que fue custodiado por nativos durante unas cuatro horas.

El olvido costó el estacionamiento más caro de la historia de la ciudad en propina, a pesar de que los ocho nativos que se abalanzaron en busca de recompensa aseguraban que en Sudáfrica la gente era buena y cuidaban bien las cosas de los visitantes. Cuando abrimos el baúl, repleto de nuestras mochilas, ¡no faltaba ni una bufanda!

La Sudáfrica que cambió MandelaEl concepto básico detrás del apartheid era simple: segregarlo todo. Establecer una línea clara a través de toda la nación, que dividía lo negro de lo blanco y lo mantenía dividido. A partir de esta muestra, cualquier persona puede entender que cualquier forma de inequidad de raza (y, diría, de cualquier tipo de desigualdad) lleva a la destrucción, tarde o temprano.

Las bases de la reconstrucción fueron verdad y reconciliación. Eso es lo que hizo Mandela, que reivindicó la lucha armada hasta que las partes accedieron a negociar sin condiciones. Después, literalmente, llamó a tirar las armas al mar. Saber quiénes fueron, para saber quiénes no quieren ser, NO para saber cómo tomar revancha.

El anuncio de la Comisión de la Verdad y Reconciliación para sentar las bases de la nueva fundación de la República convocó a cientos de miles en el parque de Unión Building, allí donde estuvimos. Como reza el folleto que recibimos al ingresar al museo, el apartheid está exactamente donde pertenece, en un museo. Cuánto deberíamos aprender nosotros como sociedad, como dirigentes políticos, como seres sociales.

Como dije al principio de este relato, terminó el Mundial. La experiencia sudafricana bien valió la pena para estos 14 amigos que fuimos. Vimos una Sudáfrica muy distinta de la que nos imaginábamos y con muchas cosas buenas para copiar. Nos queda la amarga sensación de que nuestro país está muy lejos de poder organizar una Copa del Mundo, por ahora. Nuestro consuelo es que para Brasil 2014 faltan "apenas 1.430 días" porque, como dijo otro exagerado del grupo, "la vida es lo que transcurre entre un mundial y otro".

Para el final, un pedido especial: "Blatter, los mundiales hay que organizarlos en verano. En invierno ¡no es vida!".

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