Temas del día:

Mundial Brasil 2014: el fernet, un negocio redondo

Dos hermanos argentinos, que esperan en San Pablo la semifinal de mañana de la selección de Sabella, revelaron el secreto de su viaje: vender botellas de la bebida para hacerse de unos reales.

08 de julio de 2014 a las 03:49 p. m.
Mundial Brasil 2014: el fernet, un negocio redondo
La aventura de los señores López. Sergio y Andrés le dieron forma al sueño de Javier, otro hermano, fallecido en un accidente de tránsito en diciembre pasado. Llevan 5.000 kilómetros recorridos en Brasil. (Foto: La Voz del Interior)

Entre el río Tieté y el aeropuerto Campo de Marte, se levanta el Sambódromo de San Pablo. Tierra argentina hasta que la selección juegue ante Holanda. Miles de compatriotas tomaron el lugar con la determinación de los que van a dejar una marca histórica. Veo en sus caras las caras de cualquier amigo de Córdoba. La mayoría son flacos de 25 a 40 años, despreocupados, ansiosos. Aunque me quedé con una: la de Andrés López.

"Soy de Coronel Dorrego", me responde luego de saludar. Está con el torso desnudo, una barba desprolija que pinta ser de varios días, y muestra un cuerpo magro. Flaco, bien flaco. "Llevamos 5.000 kilómetros por Brasil. Vamos tirando", dice relajado mientras me señala su móvil: un Mercedes Benz modelo 1970 transformado en motorhome. Su casa. Andrés viaja con su hermano Sergio, en una historia de familia que incluye a Javier, el tercero de los López. Que no está con ellos porque falleció en un accidente en diciembre pasado. Me lo cuenta apesadumbrado, pero con ganas de relatar el resto de la historia.

"Era él el que soñaba con venir al Mundial. Así que tomamos la posta y armamos este viaje de locos. Compramos el motorhome una semana antes y salimos", dice. Mientras hablamos, su novia, Luciana, corta un ananá en medio del laberinto que es su casa. También están Juliana y Luciana, las hijas de Javier, que ordenan la montaña de sábanas desparramadas. Son cinco. Viajan juntos desde hace un mes.

"En el verano pedimos como 80 cajas de fernet, pero al final no las vendimos todas. Nos quedaron unas 20. Las teníamos guardadas y se nos ocurrió traerlas", revela Andrés.

"Entramos a dos partidos nomás. Vamos a ver si el miércoles logramos comprar unas entradas más", sigue Andrés. Le pregunto cómo se las ingenian para vivir tantos días sin laburar y encima, llegar con resto para intentar conseguir tickets para una de las semifinales (la reventa puso precios superiores a 2.000 dólares). Y entonces me revela el secreto de su viaje: el fernet. "Tenemos un bar, el Quitapena. Está consolidado. Por eso en el verano pedimos como 80 cajas de fernet, pero al final no las vendimos todas. Nos quedaron unas 20. Las teníamos guardadas y se nos ocurrió traerlas. Metimos botellas por todas partes (me muestra un bajotecho especial donde metió algunas, por temor a los controles aduaneros) y salimos. Entonces, cuando llegamos a una ciudad, empezamos a vender las botellas. Ese es el negocio. No falla", explica.

Los argentinos mueren por una botella negra. Y los dueños de bares brasileños, que conocen los gustos de los “hermanos”, no la dejan pasar. Así, se fueron costeando el viaje que lleva 20 días. “No siempre vendemos las botellas al mismo precio. Por ejemplo, en Buzios, hicimos unos 1.200 reales (unos 6.000 pesos). Vino bárbaro porque tuvimos que cambiar gomas y batería, y con eso pagamos”, agrega Andrés. “En realidad, vendemos al precio que creemos justo. No vinimos a hacernos ricos, vinimos a compartir”.

Así llevan una vida sobre ruedas. Ayer, mientras charlábamos, las mujeres preparaban la comida en el playón del Sambódromo de San Pablo y Sergio le ponía un sellador plástico al tanque de la bacha, donde lavan platos y verduras. “La verdad es que la fruta es lo más barato. Vivimos comiendo sano”, explica... “Y lo demás siempre se consigue”.

Los López quieren llegar hasta Río de Janeiro. Despacio, sin apuros (“El Mercedes no pasa de 60 por hora”, se ríe Alejandro) y así cumplir con Javier. Ayer, bajaron una de las ocho cajas de fernet que les quedan y posaron para la foto. Iban a venderla entre los argentinos que llegaban al Sambódromo. Y mientras, esperaban a unos amigos a los que les habían reservado el lugar al lado del motorhome. “Yo soy así: los espero. Pese a que hay cosas increíbles. El chabón que viene tiene entradas. Pero quiere venderlas a 2.000 dólares. Y él sabe que no tengo esa guita. Pero no le importa. Bueno, igual lo vamos a invitar a tomar algo”, se ríe.

Los dejo para que coman. Llegaron en la noche del domingo y esperarán en el playón hasta el día del partido. Dice Alejandro que si no se puede, no entrarán. Que lo importante es el viaje. “Compartir –repite– con la familia y con desconocidos”. Y de paso, hacer unos reales con el néctar cordobés.