Los estadios del Mundial de Sudáfrica buscan su norte
Uno al lado del otro. En Durban, el flamante estadio mundialista Moses Mabhida fue construido al lado de uno de rugby, Kings Park.
Pretoria. El Estadio Moses Mabhida, una obra colosal finalizada en 2009 con una erogación de casi 180 millones de dólares y que tiene ese impactante arco blanco como símbolo, está enclavado en un sector verde de Durban, a metros de la playa norte sobre el Océano Índico.
Si uno camina unos 150 metros para el este cruzando la costanera, ya está listo para meterse a las cálidas aguas, por donde durante todo el año navegan gigantescos buques que entran y salen al puerto más importante de África. En cambio, si la caminata desde el estadio donde el miércoles jugaron España-Alemania es hacia el oeste, a pocos pasos uno se topa con la entrada del Absa Stadium, un mítico escenario que es parte de la Casa de los Sharks, el seleccionado de la provincia de Natal, uno de los más fuertes del rugby sudafricano.
Al Moses Mabhida, con capacidad para 69 mil personas, lo separan del Absa Stadium o Kings Park (su nombre previo a la aparición del sponsor Absa), donde pueden entrar 52 mil, no más de 200 metros. Es más, tres de las ocho canchas de práctica del estadio de los Sharks fueron utilizadas durante el Mundial de fútbol para estacionamiento. Esa vecindad invita a preguntar por qué construyeron semejante estadio al lado de otro similar.
Ambos están codo a codo en un extenso predio donde también hay un enorme gimnasio, pileta de natación, un polideportivo y una cancha de golf. Pese a la existencia del Absa, las autoridades sudafricanas, envalentonadas por la Fifa, construyeron el Mabhida, que es uno de los pocos estadios que no sufrirá serios problemas de mantenimiento cuando el Mundial sea sólo un grato recuerdo.
Es que, además de ser Durban la tercera ciudad del país, con mucho movimiento, lo que le asegura un posible ingreso anual por eventos, quienes manejan el estadio intentan convencer a los Sharks que para algunos partidos alquilen el coqueto escenario, mientras ya tienen una actividad que deja un dinero importante: el bungee jumping desde la parte más alta del arco, que además puede ser recorrida caminando.
Pero el Mabhida no es el gran dilema pensando en el futuro. "Si yo estoy batallando en una gran ciudad, no quiero pensar en lo que están haciendo mis colegas en Polokwane y Nelspruit", dijo Mike Sutcliffe, administrador del estadio de Durban. No hay que ser un especialista para darse cuenta que la humilde Polokwane tendrá que hacer magia para que el Peter Mokaba, que tuvo un costo de unos 150 millones de dólares, no se venga abajo en una región sudafricana muy diferente a la de grandes urbes como Johannesburgo, Ciudad del Cabo o Durban.
En situaciones similares están el Mbombela de Nelspruit (costó 140 millones), el Real Bafokeng de Rustemburgo (28 millones en reformas) y el Nelson Mandela de Port Elizabeth (150 millones), al que le están buscando un club que lo mantenga. No sufrirá ese problema el Loftus Versfeld de Pretoria, donde juegan los Blues Bulls, campeones del Súper 14.
Las autoridades sudafricanas siguen negociando con las poderosas federaciones de rugby y algunos clubes de fútbol para que les den utilidad a estos estadios faraónicos construidos o reformados para el Mundial. La primera señal llegó hace días, cuando se conoció que el 21 de agosto el histórico Soccer City de Johannesburgo recibirá el clásico Springboks (Sudáfrica)-All Blacks (Nueva Zelanda) por el Tres Naciones, con lo que se asegurará que sus 90 mil butacas estén repletas. "Debe haber un equilibrio entre el fútbol y el rugby", dijo Danny Jordan, jefe del comité organizador local del Mundial. Tendrá que llegar para que las soluciones al mantenimiento de estadios sean concretas.