La fiesta, Mandela y la copa de España
Por primera vez, la Furia es campeón del mundo. El equipo español logró el título en Sudáfrica al vencer a Holanda en la final en Johannesburgo. Antes del partido, “Madiba”, el mito de África, pasó por la cancha.
Johannesburgo. Pequeños trozos de papel metalizado, del color del oro, caían anoche sobre una de las tribunas del Soccer City. Bañaban a los españoles; atónitos los hinchas, eufóricos, los jugadores. Eran campeones del mundo por primera vez en su historia. Los fuegos de artificio iluminaban la noche fría de Johannesburgo y los príncipes de Asturias rompían el protocolo para abrazarse en público. En manos de Iker Casillas, el capitán, el trofeo de la Fifa. Y en el campo de juego, los holandeses; brazos en jarra, con las medallas de segundos anudadas en las gargantas. Así es el fútbol, cuando unos ríen, otros lloran. Vaya a saber por dónde andaría Nelson Mandela a esa hora. Pasadas las 23, cuando la final era historia, el ex presidente de Sudáfrica seguramente ya dormía en su casa, arropado y abrigado, lejos de la fiesta que se vivía en el estadio. El mito había estado antes del partido en la cancha, saludando al público, para cumplir con un deseo popular. Pero sobre todo, para complacer a Joshep Blatter, el presidente de la Fifa. "'Madiba' celebrará sus 92 años esta semana. Estamos bajo una presión extrema de la Fifa, que quiere que mi abuelo esté en la final. Eso dependerá sólo de él, de cómo se levante y de lo que diga su médico", había dicho Mandla Mandela, su nieto.Al final, "Madiba" se levantó bien y, viejo zorro político, estuvo. Lo pasearon en un carrito de golf por el medio de la cancha, sentado junto a una de sus esposas, Graça Machel. Su presencia no despertó la emoción de su entrada en el Mundial de rugby en 1995, pero le puso magia a una fiesta previa entretenida, aunque del montón.
En ese embrujo, África dijo adiós. Quizá, como lo mostró anoche la fiesta de clausura, este país no sea la muestra más acabada del Continente Negro. Porque estuvo Shakira con el "Waka waka" acompañada por un grupo local, el Freshlyground, y le siguieron cuerpos de baile que mezclaron tap con danzas de vanguardia, y cantantes de todo el país, de gospel, pop y jazz. En fin, que lo visto fue sólo una parte de la sociedad, la más rica y desarrollada. Lo demás, la pobreza y la desocupación volverán a verse a partir de hoy.Cada uno a su maneraEn las afueras, los holandeses coparon el estadio. Por creatividad, por cantidad y por efervescencia ganaron el encuentro. Los españoles, en cambio, más conservadores, hicieron lo que pudieron con sus cánticos de escuela primaria.Holanda se comió la cancha. Trajes naranjas, pelucas azules y rojas, orquestas itinerantes (trompetas, trombones, saxofones) y cientos de hinchas ocuparon los asientos con maestría para marcar presencia. La Orange era fuerte y combativa y mostraba su fuerza en varios puntos del Soccer City.España era un desparramo. Su gente estaba por aquí y allá, pintarrajeados de rojo y amarillo, disfrazada de bailadoras de flamenco, de toreros y con Manolo y su bombo, claro. Sus mujeres, de pelo corto y camperas de marca Zara, contrastaban con las holandesas más frescas, siempre sonrientes y vestidas con ropas fulgurantes.Ninguno lo vive como los argentinos, eso es cierto. Jamás podrían pasarse un partido cantando hasta la disfonía, ni tampoco insultando al árbitro. Más bien, disfrutan. "Es el espectáculo más grande del planeta", anunciaba la pantalla gigante del estadio. Eso, un show para pasarla bien.
Aunque por lo que decían las caras durante el partido, el nerviosismo y la tensión son patrimonio de la humanidad. Sea uno argentino, holandés o español, una final provoca las mismas sensaciones. Por más que el partido sea un 0 a 0 lleno de patadones, la ansiedad y la emoción no bajan nunca.
Eso explica que en la reventa previa a la final, algunos hayan pagado hasta 1.300 dólares por un ticket (anoche, hubo 84.490 espectadores, lleno completo). Y también, que figuras de la talla de Rafael Nadal, Pau Gasol, el actor Morgan Freeman y hasta Máxima y Guillermo, los príncipes de Holanda, hayan estado en Johannesburgo. Siempre bajo la mirada de Blatter y del actual presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, quienes recibieron tremenda silbatina al ser presentados.
Todo lo que ocurrió fuera de la cancha quedó en segundo plano cuando empezó el partido. Es en el césped donde el fútbol todavía se parece a un juego y olvida las puestas del marketing y los shows prefabricados. Todo es nada cuando un jugadorazo como Iniesta mete un gol a cuatro minutos del final de la final y le da a su país el título de campeón.
Eso es un Mundial, el carozo del asunto. Como lo fue el “pasillo” que los holandeses les dedicaron a sus rivales, aplaudiendo al vencedor con el fuego de la derrota quemándolos por dentro. Eso también es fútbol, ganar con hidalguía, perder con dignidad.

