La experiencia de los Oyola en China: goles en todo el mundo
Atilio y Nahuel Oyola, padre e hijo, viven una experiencia única: enseñan fútbol en una escuela de Xi'an, una ciudad china en la que todavía miran a la pelota con desgano.
El "cordobés" les brota por las venas. Las vocales parecen estirarse más de lo habitual para llegar con nitidez desde el teléfono. Se nota a la(s) (varias) legua(s) que, aunque estén allá, quienes hablan son bien de acá. Y se advierte, también en un tono inconfundible, que lo que están viviendo es una aventura única. Atilio y Nahuel Oyola, padre e hijo unidos por el fútbol, están desde mediados de abril en China afrontando un auspicioso proyecto: enseñar fútbol en una región en la que la pelota todavía rueda incómoda.
"Apenas llegué, me sorprendió todo: la ruta, las luces de colores por todos lados, la escuela en la que estamos trabajando: es inmensa, más que un colegio, parece una universidad", dice asombrado, a más de 12.000 kilómetros de distancia, Atilio, aquel exdelantero de Racing de Nueva Italia que brilló en la década del 80. Los 1.200 estudiantes, el comedor y el albergue "de muy alto nivel", las dos canchas de fútbol, la de básquet, la pileta; todo es imponente en Xi\'an, la capital de la provincia de Shaanx, donde viven y enseñan los Oyola. Sin embargo, a la estructura magnánima no la acompaña algo esencial: la cultura futbolera, esa que pide un "picado" a toda hora y en cualquier lugar. "No competimos en una Liga porque no hay, ni de mayores ni de más chicos. No existe una asociación de fútbol, nada. Solo se juega un torneo cuando lo organiza el Gobierno local. Están muy lejos del nivel de Córdoba, claro", explica quien, cuando aún vestía pantalones cortos, supo caminar tierras lejanas: en 1981, realizó una gira por Corea del Sur con el Racing cordobés.
Sueltos en China. La pelota hace un alto, la jornada laboral se acaba, y es turno de tirar paredes con el tiempo libre. Nahuel —al igual que su papá- sabe de chino mandarín lo que los políticos argentinos de verdadera justicia social. Y, aunque esté estudiando inglés y de a poco empiece a entenderse con quienes lo rodean, todavía le cuesta gambetearle al lenguaje gestual. Sin embargo, nada le impide moverse por Xi\'an con la misma soltura con que se maneja en Córdoba. "Aunque el idioma te impide algunas cosas, acá hay mucho para hacer en los ratos libres. Yo voy al gimnasio, salgo a conocer lugares, voy a la pileta, etc. También hay un karaoke abierto todo el día, pero por supuesto que dejo cantar a mis compañeros… (risas)", asegura el exjugador "académico", hoy devenido en profe.
—Cuesta creer que, en China, puedan sentirse como en casa. ¿Qué comen, por ejemplo?—Vamos al supermercado seguido, porque la comida acá es muy picante, entonces nos cocinamos nosotros. No le "pifiás" porque está todo con dibujos, a la vista. Comemos de todo: pollo con ensalada, papas, pescado, arroz, ravioles chinos, que son muy ricos. Hay carne de cerdo, pero la más cara es la de ternera. Lo demás es muy barato. Y sí, nos sentimos como en casa. A la noche salimos a caminar, aprovechamos que es verano y las noches son muy lindas. Llevamos el mate, nos sentamos en la plaza y disfrutamos del aire, de los espacios verdes; es hermoso.
Dejar huella en una tierra virgen. Sembrar fútbol en un campo que asoma fértil. Ese es el objetivo de los Oyola, que confían en la prosperidad de la pelota. "Hay muchos chicos de 12 y 14 años con ganas de aprender. De los de 12, hay cuatro o cinco muy interesantes. Entre las mujeres, encontramos un nivel muy parejo y ya tenemos casi un equipo formado. Hemos presentado un proyecto para formar una Liga, como la Liga Cordobesa de Fútbol (LCF), y lo están estudiando. Nuestro contrato es por un año, pero nos preguntaron si nos interesaba quedarnos uno o dos año más, y dijimos que teníamos que hablarlo, ojalá se dé", afirma Atilio.
Nació casi como una travesura de padre e hijo. Una locura de tantas que surgen por el fútbol. Y hoy, aunque Nahuel afirme que "no me quedaría a vivir, porque el idioma es muy complicado", Atilio no lo descarta. Y nadie, ni ellos mismos, conocen con exactitud cuál puede llegar a ser el destino de una pelota inquieta, de esas que ensayan una parábola extraña y pueden terminar pegadas a un palo de un potrero de San Vicente, o encajadas en el ángulo de un moderno arco chino.
