La eliminación del Mundial, la noche más triste para ser brasileño
El desconsuelo se apoderó de cada hincha. En San Pablo prepararon una fiesta, pero tras el partido todo se asemejó a una sala velatoria. Hubo quien dijo: “Esto es peor que el Maracanazo”.
Son las 16.50. Cruzo la estación del metro Itaquera hacia el otro lado del Arena Corinthians. En la salida, una pantalla gigante transmitirá Brasil-Alemania. La música suena fuerte y Brahma instaló cuatro tanques de cerveza. En pocos minutos, el lugar (estacionamiento de un shopping) se llena de torcedores. Bailan, muchos con la camiseta de la selección. Están felices.
Pero el partido no da respiro. En 30 minutos Brasil pierde 5-0. Miro la pantalla sin creerlo y un brasileño se da vuelta y me pregunta (a los gritos): "¿Sos alemán?". Le digo que soy argentino. "¡Peor!", me contesta. Son cinco junto al amigo. Hablan entre ellos, y al cielo. Pongo cara de póker, pero no puedo disimular la incredulidad.
Alemania no para y la gente comienza a salir de ahí. Dos nenitas se divierten a través del cristal de una de las vidrieras. Se ríen. Su mamá está quebrada. Tiene la mirada perdida. La miro, pero no me mira. Algunos se quedan, otros insultan, otros lloran. Nadie había imaginado semejante desastre mundial.
Se escuchan bombas a lo lejos y todavía no llegamos a los 40.
Me doy vuelta y veo que la salida hacia el metro está a pleno. El tren hacia el centro de San Pablo comienza a llenarse de brasileños. Pocos se quedan para el segundo tiempo. Bajo la bruma, la noche cae como un manto de piedad. Pero no hay consuelo. Grandes, chicos, viejos, pendejos. Están como abstraídos. A alguien se le ocurre hacer sonar una corneta. El sonido es desgarrador.
Hay una tregua. Es el entretiempo. El clima es espeso, pero hay conciencia de un momento histórico; tristemente histórico para Brasil.
Hasta que comienzan a jugar otra vez. Y llegan el sexto y el séptimo gol. Como en una guerra contra nadie, en San Pablo ahora se escuchan miles de bombas. La noche se cierra y desparrama un rocío pegajoso. Ya nadie habla. Sólo observan. Pero no están ahí.
Oscar anota el gol del honor y algunos, irónicos, lo festejan. No hay tiempo para más. La pantalla escupe las imágenes desde el Mineirao.
Brasileños destruidos allá, y acá. Una pareja se saca una selfie haciendo el siete. Un recuerdo para toda la vida. “Es el día más triste de la historia del fútbol brasileño”, dice el relator de O’Globo. Lo escuchan millones de personas en todo el país. Atónitas.
Salgo con la gente. Subo al tren que cruza la ciudad. La sensación es que todos están a punto de llorar.
Algunos comentan el partido. Es la sala de un velorio. Hablo con Rodrigo, que vive en el barrio de Carrão. "Vi hasta el 3 a 0 y no quise más", me dice. "Para mí esto es peor que el Maracanazo".
Creo que exagera, que está tocado por la derrota. Pero quién sabe. Quizá las leyendas necesiten tiempo para tomar cuerpo.
Camino por el centro de San Pablo. Borrachos, mendigos, y mucha policía. “Ahora hay que pagar esta Copa”, grita una señora. “Hay que ponerse a trabajar para pagar todo lo que nos costó esta Copa”, dice y me mira. Y sigue barriendo la vereda, frente a su quiosco de revistas.
Miro el celular. Han pasado 4 horas, pero son miles. Escondo la credencial y no emito sonido. No es una buena noche para ser argentino en Brasil.
