La Copa del Mundo llegó a Soweto
La Copa del Mundo llegó al corazón del África negra. El trofeo que se llevará el campeón del mundo estuvo en uno de los lugares más emblemáticos, difíciles y atractivos de Sudáfrica.
Soweto. Quizá, en alguna guía turística, recomienden no ir a Soweto. Pero no siempre es bueno hacerle caso a esas cosas. Uno corre el peligro de no conocer a la pequeña Nhlonipho, de tan sólo cinco meses. Y se habrá perdido la sonrisa más cristalina del mundo. En brazos, llegó ayer hasta el Dlamino Multipurpose Hall a conocer a la Copa del Mundo. Con sus padres, Thomas y Thembi, abría los ojos y lo abarcaba todo.
Soweto es la zona urbana poblada por negros más grande del África. Hoy está integrada a Johannesburgo (a 24 kilómetros), pero cuando el apartheid, fue el gueto donde se condenó a los black people a malvivir, expulsados de los sitios para blancos.
El viernes, la Copa llegó a su corazón, al centro de un lugar fascinante, tan rico y tan pobre como cualquiera de nuestro conocido Tercer Mundo.
Bajando por la avenida principal, una amplia arteria que cruza Soweto de punta a punta, los colores de la bandera sudafricana van colonizándolo todo. Es tiempo de Mundial y se nota. En los semáforos, como en cualquier esquina de Córdoba, los chicos salen disparados apenas pinta el rojo a vender las vuvuzelas (trompetas) a los conductores. Instrumento oficial, si los hay.
Hace calor, aunque sea casi invierno. El sol se desparrama por las veredas polvorientas de sitio ocre, pero amigable. Nadie mira con recelo. Al contrario, sonríen al ver las acreditaciones de los periodistas.
Sobre las colinas, desde dentro de este enorme pueblo, destellan reflejos plateados hasta incrustarse en los ojos. Provienen de las chapas, el material de los techos de las chabolas que se extienden más allá del horizonte. Unas 900 mil personas viven en Soweto, aunque no hay un registro oficial.
Como Isaías V (así, quinto), uno de los varios peluqueros que atienden bajo la sombra de un árbol, con su máquina de cortar, y que adorna su "salón" con los colores de su país.
O como Reymond, que con 19 años, es mozo y ama el fútbol. "Aquí Maradona es una leyenda", contaba ayer mientras lucía la remera de los "Bafana Bafana", nada menos que la selección de Sudáfrica. "Claro que alentaré a mis muchachos, pero Argentina es muy fuerte", reconocía.
Como él, muchos sudafricanos usaron casacas de su selección. Es que los viernes, desde hace tres meses y por una iniciativa del gobierno, se lleva a cabo el Football Friday, en el que todo aquel que quiera puede ir a trabajar con el uniforme de hincha.
Lo hizo Ntombi, camarera de un restaurante en el enorme shopping center de Soweto, quien atendía a los comensales enfundada de amarillo. “Somos fanáticos de nuestros muchachos”, decía.
La Copa, en África
La ceremonia, en el corazón del populoso Soweto, se llevó a cabo en un centro comunitario, el Dlamini. Un lugar preparado para convenciones, pero también para dar contención, ya que hay sitios para hacer deportes, teatro y actividades culturales.
ntre las casas de ladrillo, rejas y portones destartalados y la alegría de niños, jóvenes y de mayores era difícil entender que aquel lugar sea uno de los más peligrosos del mundo.
El viernes se respiraba una pasión orgullosa, que se contagiaba, de parte de los más chicos y también de los veteranos. Que lo diga Matilda Mazibuko, que preparó un vestido especial con la bandera sudafricana para visitar la fiesta. “Somos muy, muy fanáticas del fútbol”, susurraba. A los 70 años, sus hermosos dientes blancos componían una sonrisa perfecta, llena de juventud.
Junto a ella, Nelli Mkabinde, con 57, no se quedaba atrás. "Bienvenidos a Soweto", repetía a los enviados de Mundo D y soplaba su pequeña vuvuzela.
Y entonces, fiesta
Dentro del amplio salón del Dlamini esperaba la Copa. El trofeo de oro que se llevará el campeón del mundo ahora sí tocaba el corazón del África negra. En una caja de cristal, como cuando pasó por Córdoba, se dejaba ver por cientos de sudafricanos que pasaban frente a ella ("No más de 10 segundos, por favor", pedía la animadora) para sacarse una foto.
Y había alegría y también emoción. La tenían, ambas, Roselin Raphuthing y Neo Mphore, que vestían peluca y anteojos verdes, rojos y amarillos y agitaban banderas rojas. "Es una fiesta para nosotros", cantaban. Lo era.
Las trompetas atronaban (literalmente) y la música, con ese groove irresistible que tiene por esta tierra, arropaba los cuerpos. De la mano, uno a uno, niños de las escuelas de la zona llegaban para pasar frente a la Copa. Miraban a los extranjeros, los estudiaban y luego levantaban el pulgar. Y sí, vamos a sacarnos fotos que es el Mundial. Como dice uno de los cientos de carteles sobre la ruta que une Soweto con el centro de Johannesburgo. "Esto es una vez en la vida".
Hasta que la popular explotó. El DJ puso Waving Flag, la canción oficial del Mundial. Y entonces todos para un lado, para el otro, frente al escenario de Coca Cola (la encargada de montar la presentación de la Copa). Una suave ola humana se meció con cadencia de cancha. "Ooooohhhh, oooohhhh...", repetían a coro. Cientos de voces. Fue emocionante. Los chicos se abrazaban y cantaban. Las banderas sudafricanas, como en un acto religioso, subían y bajaban. Eso es el Mundial; un lugar donde se respira un suceso extraordinario, un lugar al que ha llegado la Copa del Mundo.
