La casa del héroe Mandela
Mundo D te lleva a recorrer el barrio y la historia del popular ex presidente, Nelson Mandela.
En Vilakazi y Ngakane, en el barrio Orlando Oeste de Soweto está la casa del último gran héroe viviente del siglo pasado. Se ingresa exactamente por el 8115 de Vilakazi. La esquina propiamente dicha está ocupada por el árbol sagrado que plantó Nelson Mandela para enterrar junto a sus raíces los cordones umbilicales de sus hijos recién nacidos.
El joven abogado no se sustrajo de la tradición ancestral de entregarle a la tierra que nutre a un árbol la conexión entre la madre y el hijo por nacer. Allí nacieron seis de los hijos de Mandela, de sus dos primeras esposas.
El barrio cambió bastante desde que en marzo del año pasado es un sitio de peregrinaje obligatorio para cuanto turista se precie de haber pasado por Johannesburgo. Cualquiera podría pensar que está en un barrio de clase media de cualquier ciudad del mundo, si no registra la larga historia y el duro presente del lugar.
En el camino, cerca, se levanta el Estadio de Orlando, donde hace menos de una semana Shakira sacudió sus caderas para abrir el Mundial y donde hace 29 años, Santos Laciar se llevó el título mundial frente a Peter Matebula. Nos acordamos de nuestro pequeño gran "Falucho" frente al cinturón de campeón del mundo que Ray Sugar Leonard le regaló al ex dueño de casa y que hoy está en una de las pocas vitrinas de su hogar.
Humilde, aunque de material, en una barriada que ya pasó el millón y medio de personas, la casa de ladrillo marrón a la vista tiene un techo bajo de chapas acanaladas, un pequeño cuarto que servía de cocina y dos dormitorios en sus costados. Una cocina a leña de hierro está frente al espacio ínfimo que ocupaba el baño. De ahí lo sacaron a Mandela para meterlo preso durante 27 años, a principios de la década de 1970, allí volvió por apenas 11 días una vez liberado para iniciar su acceso al poder y terminar con el apartheid, al promediar los años 1990.
Ya se había separado de Winnie, la esposa con la que compartió más años en ese espacio humilde ahora convertido en extraordinario.
Las paredes respiran historia y permiten colgar algunos pocos recuerdos, los suficientes para tomar conciencia del significado del sitio. No todo es pasado. Basta andar apenas una hora por las calles de Soweto, aun las pavimentadas y con iluminación, para advertir que la obra de Mandela está lejos de ser terminada.
En el mejor de los casos, las casas son humildes, pero en muchos la mirada se pierde en chapas amontonadas y colocadas como para simular una vivienda. La precariedad y la extrema pobreza siguen peleando contra las políticas de urbanización de una de las zonas urbanas más pobres de un continente asolado por las desgracias sociales.
Nos espera enseguida la sonrisa de Almira, la propietaria de Chez Almira (Lo de Almira), un restaurante montado en pleno Soweto en lo que también suele ser una cochera doble. Como miles de argentinos, los hijos de Almira la obligaron a comprar un plasma de 40 pulgadas –que preside su comedor familiar– en cómodas cuotas. Un par de cotorras acompañan al grupo de comensales.
Se puede venir a comer todos los días, pero no se puede caer como si nada, aclara Almira. Hay que avisar para que pueda preparar la comida. En la puerta, al entrar y al salir, nos espera una barriada humilde que se acerca a vernos como una novedad y nos invita a jugar a la pelota sobre la calle recién pavimentada.
Los anfitriones tienen entre 3 y 12 años y no tienen otra intención que conocernos. Y para hacerlo, está la pelota. Calle abajo, otra pelota y otro grupo de chicos en la calle, su calle, habitando el territorio feliz de la infancia.
