Instituto, y una despedida sin silbidos
Una ilusión que se rompe. El sueño del ascenso de Instituto es cada vez más utópico, pero sus hinchas lo tomaron sin reproches y hasta hubo tibios aplausos al final. Los visitantes no pararon.
De un lado, la fiesta propia de un equipo campeón, por más que sólo haya estado en juego el partido de ida de una reválida. Del otro, el desencanto gigantesco por un equipo que sigue en el tobogán al que se trepó después de la caída ante River, sepultando el alud de elogios que había cosechado en tres cuartos del campeonato. Las postales del primer choque entre Instituto y San Lorenzo quedaron bien marcadas en la tarde/noche de Alta Córdoba.
Ayer, tal vez, la arista más positiva para la Gloria haya sido ese tibio aplauso con que el hincha albirrojo despidió a un equipo que, al menos en los últimos tres partidos jugados en el Monumental, se "deshilachó" e invitó más al silbido que a batir palmas.
Pero está claro que, aun ante un golpe como el sufrido ayer, con un resultado que no deja demasiado margen para la ilusión, al hincha común, ese que nada tiene que ver con aquel que amenaza con "balas para todos", le costó reprocharle algo a un plantel que le venía dibujando sonrisas fecha tras fecha. Un poco por fidelidad con los colores, otro poco porque la "anestesia" del golpe que significó el 0-3 ante Ferro todavía surte efecto.
El "otro" partidoTal vez por esa derrota, imprevista y durísima, ayer se percibió un ambiente distinto, más cauteloso y en el que unos 4.000 hinchas de San Lorenzo se empeñaron en hacer notar el momento sicológico de ambos, que también jugó su partido.
El equipo del mediático y arengador Caruso Lombardi, que hasta el domingo pasado tenía un pie y medio en la B Nacional, tuvo aliento incesante y remarcado con aquello de que “es de Primera y de Primera no se va”.
No ocurrió lo mismo con los dirigidos por Darío Franco, a los que les costó contagiar entusiasmo a las tribunas. Es que en las últimas tres fechas de este campeonato Instituto ni siquiera regaló el consuelo de un gol. Por eso, la barra apenas tomó un poco de calor al final del primer tiempo, cuando parecía que la Gloria podía encontrar la llave al candado que le pusieron al arco rival hace ya largos 270 minutos.
Con mística tambiénY por si fuera poco la realidad futbolística, para aquellos que creen en señales o designios del "más allá", un barrilete con los colores rojiblanco se desplomó en medio de la cancha durante el primer tiempo y no hubo forma de hacerlo remontar. Paulo Dybala –ayer superó los 1.000 minutos de juego sin anotar–, justamente el más "despintado" de aquella maquinita que se plantó fechas atrás, fue el encargado de sacarlo de la cancha y entregárselo a un policía: no voló más.
"Esto está calcado a lo del sábado", decía un plateísta al cabo de un primer tiempo sin goles. Y cuando el uruguayo Carlos Bueno clavó el primero de sus dos goles, gesticuló contrariado por sus dotes de adivino.
Con todo, él, como el grueso de la hinchada albirroja, asistió resignado hasta el pitazo final de Néstor Pitana. No hubo "huidas" masivas, ni deserciones madrugadoras pero sí un "vamos Gloria, vamos" que, impulsado desde la tribuna sur, no prosperó. No había ánimo para demostrar una entereza que, con la ilusión del ascenso seriamente dañada, resultaba imposible fingir.
Corridas al final. Al término del partido, la Policía debió disuadir a hinchas locales que, aprovechando el cambio del plan original de evacuación, procuraba dirigirse al sector visitante. Hubo pedradas y también golpes en un portón aledaño a vestuarios. El comisario mayor Marcelo Sacha informó que hubo detenciones, pero no reportó daños ni heridos.

