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Fiebre local en Sudáfrica

Anticipo loco. Pretoria vivió ayer una jornada futbolera por el amistoso Sudáfrica - Dinamarca. Parecía un clásico cordobés a cancha llena.

05 de junio de 2010 a las 11:36 p. m.
Joaquín Balbis, enviado especial a Sudáfrica
Fiebre local en Sudáfrica

La prolija Church Square, uno de los lugares símbolos de Pretoria, destilaba fútbol ayer en la cálida mañana sudafricana.

En torno a la impactante estatua del líder Paul Kruger, algunos dialogaban sentados en un césped parejo, otros dormitaban, leían o comían tentadoras frutas que por un peso argentino habían comprado en pequeños quioscos, y el resto se divertía al ritmo de un mago. La mayoría tenía algo en común: llevaba un toque amarillo o verde para identificarse con la selección de Sudáfrica.

Es que la ciudad vivió una jornada futbolera, teñida por la presentación amistosa de Sudáfrica ante Dinamarca en Atteridgeville, una población satélite distante a unos 15 minutos.

Fue un verdadero anticipo de lo que será la fiesta mundialista. Lo mismo que se veía en la plaza se repetía a lo largo de toda la peatonal, una amplia vía muy arbolada, con vestigios mendocinos, donde el amarillo de la camiseta principal del seleccionado local encandilaba en todos los rincones.

A eso había que sumarle los puestos de venta de lo que fuera (desde medias hasta cebollas, pasando por DVD, gorros...), bien a la argentina, y el estridente ruido de las vuvuzelas, que a esta altura ya molestan bastante. Por tres rands (menos de dos pesos argentinos), se podía comprar un kilo de papas cepilladas, o una palta, o un calabacín o una berenjena. Por 500 (poco más de 250 pesos), en un local deportivo se adquiría la camiseta oficial de Sudáfrica, la amarilla, porque la verde se agotó. Todo para hacer tiempo hasta las 14.15, hora del amistoso.

Un  gorro, una bufanda, una remera, la trompeta hartante, cualquier cosa era válida para identificar la pasión, que comenzó su largo peregrinar hacia el Atteridgeville Super Stadium, una joyita de cemento para 29 mil personas enclavada en un barrio digno.

A la cordobesaClaro que había que llegar hasta allá y el traslado fue una verdadera aventura que dejó al descubierto una cadena de desorganizaciones, alerta preocupante a seis días del Mundial. Un trayecto de no más de 15 minutos se transformó en un calvario de casi dos horas.

Parecía que en vez de un Sudáfrica-Dinamarca en la antesala de una Copa del Mundo, se estuviera por jugar el mejor de los Talleres-Belgrano, con todos sus ingredientes. Y no sólo por la cantidad de gente, sino también por la forma apasionada en que los hinchas viajaban para alentar a sus “Bafana-Bafana” y por el desenfreno.

Autos, combis y colectivos, repletos de colores, avanzaban ansiosos... hasta que todo se frenó. Y llegó el momento de imponer la ley de la selva, aunque sin histerias ni intolerancias. Cualquier resquicio fue válido para avanzar. En contramano, por la banquina, campo traviesa...

¿Y la Policía? Bien gracias. La agente que manejaba la poderosa BMW aceleraba a toda velocidad, y mientras de la parte de atrás del casco de su uniforme aparecía una brillosa trenza negra con rasta, los choferes que la seguían con sus ómnibus cargados aprovechaban el apuro de la joven (nadie sabía si estaba cumpliendo su tarea o también llegaba tarde al partido) para embalar sus moles.

Se llegó, nadie sabe cómo y tarde, pero se llegó. Y en el estadio, todo fue una fiesta, saturada por las vuvuzelas. Hubo mucha gente, mucha cerveza, poco fútbol y una gran alegría, dibujada por Katlego Mphela, un delantero picante que hizo el gol del triunfo para que los de Carlos Alberto Parreira extendieran a 11 su serie invicta premundialista. Fue un anticipo que entusiasmó a los locales, aunque también dejó un llamado de atención.

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