El vuelo perfecto
Francisco Papávero. A los 9 años, alojó a un chico de su edad que vino desde Uruguay a jugar al fútbol. Corroboró, a su corta edad, que el deporte es capaz de formar una amistad en tiempo récord.
Hay viajes a precios excepcionales. Vuelos que, si todos pudieran comprarlos, las rutas aéreas estarían abarrotadas. La gran mayoría alcanza a enterarse de las imperdibles ofertas pero, justo es decirlo, no la totalidad de la población goza de ese privilegio.
Es que, para poder volar de esa manera, hay que comenzar desde muy chico y no siempre depende de uno, que cuando pibe apenas si logra tomar una decisión por voluntad propia. Pero, a veces, un instante de lucidez de papá o del profe de Gimnasia lo hacen posible: dejan correr una pelota por un descampado, improvisan dos arcos con los materiales que estén a mano, y entonces comienza un viaje cuyo destino y duración serán siempre inciertos.
Francisco Papávero tiene nueve años y es un pasajero sentado en primera clase. Mientras da sus primeros pasos en la Liga Intercolegial de Fútbol Infantil (LIFI) con el Padre Sebastian Raggi, ya pudo corroborar que el fútbol es capaz de traspasar fronteras.
El último fin de semana, jugó con su colegio el campeonato San Ignacio de Loyola y alojó en su casa a Mateo Rey, un uruguayo de su misma edad que vino a participar del certamen y, aunque no lo sabía, a confirmarle que en un rectángulo de juego puede formarse una amistad en tiempo récord.
"Como vinieron desde Uruguay para jugar, uno de los chicos se quedó en mi casa. Era re piola, re educado, y nos hicimos amigos. Aunque no teníamos mucho tiempo, hablábamos siempre de fútbol, sobre todo a la noche. Me encantó que viniera, así que lo agregué a WhatsApp. Me gustaría volver a verlo, me encantaría", afirma el 9 del Raggi, que a su corta edad puede levantar la voz y decir, con el pecho inflado, que tiene un amigo de otro país.
Donde sea, cómo sea
Es harto sabido que para que empiece un "picado" no se necesitan una cancha de césped sintético con las medidas reglamentarias, ni botines sofisticados elaborados por ingenieros que rara vez experimentaron la sensación de tirar una pared con un hermano. En casa de los Papávero, el campo de juego se improvisa con lo que hay. "No tengo patio, pero igual juego al fútbol en mi departamento.
Total, como vivo en planta baja no molesto a nadie", asegura entre risas el artillero que, más allá del tono irónico, explica con razón que en su barrio tiene todo lo necesario para volar con la imaginación: "Tengo amigos en el edificio y casi todos van a mi colegio, así que puedo jugar también con ellos". Y, por si su interlocutor estuviera desprevenido, Papávero pone las cosas en orden: "Cuando jugás con tus amigos, es más fácil. Te entendés mejor. Mis mejores amigos son Facundo y Franco, que juegan de 8 y de 3, y nos llevamos bien adentro y fuera de la cancha".El delantero las pide a todas. Este amante de las milanesas con papas fritas es un enamorado de "la número cinco", y por eso pide a gritos que la traten bien: "Siempre, antes de entrar, les digo a los chicos que juguemos a los pases, que intentemos jugar bien, tranquilos".
Pero ese amor que lo invade se gestó mucho antes del momento mágico en que el fútbol hace contacto con el botín derecho. Lejos de ponerse nervioso por la presencia de los suyos detrás de la línea de cal, Francisco los quiere ahí, cerquita, para correr a abrazarlos cuando logra perforar la red. "Mi familia siempre me va a ver cuando juego, salvo mi mamá (Gisella), que a veces tiene que trabajar y no puede. Pero a mí me encanta que vayan. Cuando hago un gol, se lo dedico a mi papá (Marcos) y voy corriendo a abrazarlos a todos", indica.
Admira a Tevez y a Ronaldo, pero se queda perplejo con las genialidades de Lionel Messi. De a ratos, mientras el resto de los jugadores permanece enfocado en el juego que transcurre ante a sus ojos, "Fran" se convierte un pasajero en trance: "A veces, cuando paso a un rival, siento que soy Messi".