El milagro de San Petersburgo
Era una final. No definía la Copa del Mundo como aquella de Brasil 2014 ante Alemania, pero sí podría haber sido el capítulo final de una generación que lideran Lionel Messi y los que más han jugado con él.
¿Ser o no ser? ¿Renacer o irse por la puerta de atrás? ¿Comprometerse desde las capacidades de cada uno o jugando al sálvese quien pueda?
¿Dejar que el crack claudique sin más ayuda que su propio talento, dando razón al resto de las selecciones que sonríe cuando ve que lejos de ser una solución termina siendo un problema para el equipo argentino?
¿Y Sampaoli? ¿Se iba ir sin poder alinear, al menos desde los nombres, un equipo que pudiera representar su idea futbolística? ¿Se iba a marchar así siendo más permeable a los reclamos de los jugadores que a los de su conciencia que le reclamaba solamente la fidelidad a sus propias convicciones?
Algunos de esos interrogantes fueron resueltos ayer en San Petersburgo.
Es cierto que el centro perfecto de Gabriel Mercado y el remate goleador de derecha de Marcos Rojo recorre el mundo y será una historia para contar miles de veces a la hora de explicar cómo pasamos de ronda.

Pero lo principal fue que Argentina entendió al menos por un rato largo, cómo aprovechar a Lionel.
Como nunca, Sampaoli le dio una coordenada de tiempo y lugar para gravitar y lo más importante, le dio socios. Pero de verdad, también con espacios y horarios que debían respetar.
Con Ever Banega y Enzo Pérez, “el 10” ya no tuvo que preocuparse tanto por el juego sino por recibir cerca del área o ahí adentro. Más cerca del mano a mano que de esa imagen que lo mostraba cerca de la mitad de la cancha. Así llegó el 1-0, tras un gran pase de Banega, el tiro libre al palo de “Leo”, las oportunidades para Di María y Higuaín.
Superar el miedo
Ahí empezó a nacer el milagro. De superar el miedo al fracaso, el primero y el más importante de todos.
La seguridad de ese tridente hizo que el equipo redescubriera el pase. Para acelerar o para tenerla. Para quitarle fuerza al rival y para lastimar. Tuvo orden y convicción. Y por un rato largo se pareció a la selección que todos quieren ver.
El penal de Mascherano abrió la peor etapa. El 1-1 conducía al recuerdo del partido con Croacia, y la salida de Enzo Pérez también se hizo sentir.
Sin embargo, la presencia de Cristian Pavón volvió a darle la certeza del jugador que podía cambiar el juego, más allá de la marca que tenga al frente.
Se situó sobre la derecha y trianguló con Messi y Banega, además de sus clásicos desbordes. Nigeria se animó más, el debutante Armani nos mantuvo en partido y empujaron Mercado y Rojo.
Llegó el fuego sagrado con el 2-1, pero se prendió porque antes hubo juego. Un estado determinó al otro, en el momento más álgido. Por eso se habla del milagro de San Petersburgo.
Argentina pasó de fase y el triunfo ante Nigeria debe marcar un antes y un después.
Es cierto que un partido no alcanza para resolver todos los interrogantes que pusieron a la selección al borde de la eliminación.
El árbol jamás va a tapar al bosque de los conflictos que tiene la selección desde hace años (los de alcoba y los organizativos), pero para seguir creciendo en el Mundial, el 2-1 a Nigeria debe ser apenas el comienzo.

