El loable Mauricio Pellegrino
Más allá de la goleada sufrida ante Barcelona, el DT cordobés no para de recibir elogios desde que asumió en el Alavés. Perfil del entrenador que metió al modesto equipo español en la final de la Copa del Rey.
Más allá del doloroso 0-6 del sábado en Mendizorroza, al fin de cuentas un riesgo calculado cuando enfrente están Lionel Messi y compañía, el Deportivo Alavés de España disfruta de mieles igual de insospechadas que de explicadas en buena medida por el gran trabajo de Mauricio Pellegrino, el cordobés nacido en Leones. En días venturosos para Mauricio Pochettino en Inglaterra, cuando Héctor Cúper se perfila para volver a instalar a Egipto en un Mundial y mientras Eduardo Berizzo, Diego Simeone y Jorge Sampaoli también brillan en España, el cordobés Pellegrino es otro de los que a través de una labor metódica y silenciosa está a buenas con la rica tradición de los directores técnicos nacidos en la Argentina.
Y en su caso específico con un valor adicional y primordial: del póker de destacados entrenadores argentinos de la Liga de España es por lejos quien dispone de menores recursos.
Pensemos, por ejemplo, que el Atlético de Madrid que dirige el Diego "Cholo" Simeone es austero en relación con Real Madrid y Barcelona, pero nada austero en comparación con el resto de los clubes de la Primera de España: en la temporada en curso ha desembolsado 83 millones de euros en refuerzos.
Sevilla, al mando de Jorge Sampaoli, gastó casi 69 millones de euros y Celta de Vigo, con Eduardo "Toto" Berizzo a la cabeza, vendió por 20 millones y compró por 7, pero tiene un plantel de lo más respetable, incluidos varios internacionales: Iago Aspas en la selección de España, Facundo Roncaglia en la de Argentina, Marcelo Díaz en la de Chile, John Guidetti en la de Suecia, Pione Sisto, Daniel Wass y Pione Sisto en la Dinamarca, Nemanja Radoja en la de Serbia.
¿Y de qué materia prima dispone Pellegrino? Un plantel formado a las apuradas después del ascenso de 2015/2016, con 20 incorporaciones devenidas de unos 6 millones de euros y varios jugadores cedidos a préstamo y solamente uno de ellos de calidad probada, el centromedio Marcos Llorente, un canterano del Real Madrid, pichón de crack si los hay.
Pues con ese plantel el Deportivo Alavés está hoy lejos de la apremiante zona del descenso (por delante de históricos de la Primera de España, como Betis, Valencia y Deportivo La Coruña) y en plena euforia por la consumación de un logro inédito en sus 96 años de vida: ha llegado a la final de la Copa del Rey que jugará en mayo próximo, en estadio por designar, ante el mismísimo Barsa que acaba de asestarle un resultado de tenis en un partido de la liga.
Las chances de que Alavés se quede con la Copa del Rey son remotas y en realidad ese traspié cantado guarda un valor relativo: el solo hecho de haber llegado hasta ahí ya nos habla de los valores de Pellegrino, el mismo Pellegrino, de paso, al que en la Argentina maltrataron a destajo un significativo número de hinchas de Estudiantes de La Plata e Independiente.
De Independiente se fue con un aceptable porcentaje de puntos, pero la verdad es que durante su ciclo perdió cada vez que urgía que gane y de Estudiantes fue despedido cuando al parecer habían quedado muy lejos un puñado de méritos evidentes: aliviar al equipo en la tabla de los promedios, reinstalarlo en las competencias internacionales, llegar a la última fecha de un campeonato y propiciar el crecimiento de los juveniles, entre otros Guido Carrillo, Joaquín Correa, Jonathan Silva y Leonardo Jara.
Forjado bajo el ala del español Rafa Benítez, que antes lo había dirigido en Valencia y Liverpool; estudioso, metódico y minucioso para seguir en detalle la evolución de cada jugador, Pellegrino es sospechado de demasiado "frío" y conservador en las instancias de plata o nada, aunque mejor examinada la cuestión encontraremos que, por caso en la Argentina, la escasa aceptación de los hinchas de los equipos que ha dirigido contrasta con la buena imagen que deja en los jugadores.
Palabras más, palabras menos, esto dicen: "trabaja, respeta, no vende humo y ayuda a mejorar".
Pellegrino, es claro y cabe recordarlo, fue un buen defensor central (igual de lento que de tiempista) de vitrina poblada y jalones admirables: ganó nueve títulos con Vélez, cinco con Valencia y uno con Barcelona, jugó en la Selección Nacional y se constituyó en el primer futbolista argentino en vestir la camiseta roja del Liverpool en la Premier League.
Ahora, camino de los 46 años, de fecunda interlocución con sus inseparables ayudantes de campo (el cordobés Carlos Compagnucci y el español Xavi Tamarit, otro enamorado del entrenamiento de la técnica al servicio del conjunto), más flexible que en sus comienzos como DT y por ende menos remiso a declinar su sistema fetiche, el 4-2-3-1, Pellegrino se confiesa satisfecho por el logro de haber llevado al Alavés a una final, lo define como un premio a su dedicación y a su amor por el fútbol, y trascartón da vuelta la página y se aboca a lo suyo: perseverar en ser cada vez un mejor entrenador, despacito y por las piedras, sin alardes.
