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El "héroe blanco" y el axolotl

El centro de Pretoria, en la Square Church, late el corazón de la ciudad. A los pies del monumento a Paul Kruger, los locales hacen temblar nuestro envoltorio de piel blanca.

09 de junio de 2010 a las 12:38 p. m.
Ángel Stival, especial desde Sudáfrica
El "héroe blanco" y el axolotl
Plaza Church, donde late la ciudad.

El balde de plástico blanco, cilíndrico, de 20 litros, se bambolea sin perder nunca la estabilidad sobre la cabeza de una negra de caderas rotundas que lleva el cabello atado con un pañuelo.

No es que esta imagen, que une habilidades ancestrales y "basuras" propias de la globalización, sea demasiado común en Pretoria.

Pero la de la mujer que esquiva autos en los alrededores de Church Square, corazón de la capital administrativa de Sudáfrica, se suma a otras –increíbles, coloridas y extrañas– para hacer temblar nuestro envoltorio de piel blanca, tan distinto al que recubre la misma esencia de la inmensa mayoría de las personas de aquí, y también nuestros esquemas.

A los periodistas –quizá como a cualquiera–  nos cuesta reconocer nuestros fallos y, a veces, relegamos errores considerables a una columnita destinada a pasar inadvertida. Y, aunque la nota del martes incluía la frase expiatoria (“todavía no hemos pisado su centro histórico que quizá nos revele algún encanto”), uno no puede dejar de reconocer que, por lo menos, se apresuró.

Porque aquí, en el centro dominado por la estatua de Paul Kruger (1825-1904), héroe de la guerra de la república Boer de Transvaal contra el imperio británico, late el corazón de la ciudad.

¿Sabrán los zulúes que están bailando sus danzas tribales al pie del líder blanco que pronosticó las consecuencias del descubrimiento de oro en la región? “Deberían llorar en vez de alegrarse, porque esto hará que nuestra tierra sea empapada en sangre”, dicen que dijo.

¿Lo sabrán los jóvenes estudiantes de los colegios secundarios que, aún con sus uniformes puestos, andan disfrutando de esa suerte de stand by escolar en el que los ha colocado el Mundial de fútbol?

¿O los hombres ceñudos y altisonantes que discuten vaya a saber qué asunto, qué proyecto o qué excursión sentados en el acogedor pastito cercano al monumento del héroe blanco?

Poco importa lo que saben o no. Más importa que el que está allá arriba, desde su rigidez de estatua, ya nada podrá hacer para detener lo que ocurre acá abajo durante el día, aunque muchos sean los que quieran resucitarlo por lo que ocurre aquí mismo en la noche.

El encanto nos ha embriagado y nos lleva de la mano por la calle Kruger, mirando vidrieras insólitas en las que lucen, por ejemplo, unos zapatos de piel de cocodrilo, inmensos y dorados, que harían las delicias de cualquier capomafia; levantando la vista ante el imponente edificio del Ayuntamiento con sus dos estatuas: la de Marthinus Pretorius, fundador de la ciudad, y la de su padre, Andries; mirando al piso para no pisar nada y contemplar máscaras, tallas, pinturas, cuernos de gacelas y antílopes, mimbres y esteras, artesanías desparramadas en completo desorden, camino al zoológico.

Los animales están a cinco cuadras de la plaza; y allí, después de elefantes, búfalos y leones –y mientras niños muy pequeños de escuelas primarias y jardines de infantes, se excitan con los tiburones– completamos nuestro embeleso ante el axolotl, ese pequeño y extraño pez mejicano que se quedó enganchado en alguna alga de la evolución y siguió siendo pez, pero con cuatro patas, cola de saurio y expresión resignada.

Julio Cortázar (1914-1984) lo hizo famoso en la década de 1970 con uno de sus maravillosos cuentos que exalta la sensibilidad de un hombre al comprender la tragedia de ese pez, lo visita en el acuario y se queda allí hasta que el que sale caminando es el axolotl y el hombre lo mira irse desde la pecera, acostumbrándose al ritmo de su nueva respiración branquial.

Un toque en el hombro y la voz providencial de Eugenia Gómez, colaboradora del consulado argentino, nos salva. “Vamos –dice– se está haciendo tarde y ya no es seguro seguir aquí”. Todavía no eran las tres de la tarde.

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