"El Cholo" y su historia de adaptación a la adversidad
Haca casi un año y medio, Pablo Guiñazú estuvo a punto de retirarse del fútbol por una fractura de mandíbula, pero su resiliencia le permtiió recuperarse y, ahora, renovar por un año más su contrato en Talleres.
La resiliencia se define como la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas. En palabras más llanas y menos científicas, es poder levantarse cuando la caída ha sido fuerte y el golpe duele en todo el cuerpo.
A principios del año pasado, Pablo Guiñazú decidió dejar la comodidad de su residencia en Porto Alegre, en la que viven su esposa y sus dos hijos, y un país, Brasil, donde es ídolo después de varios años de brillar en Inter, primero, y Vasco Da Gama, después.
Es que a los 37 años y ya sobre el final de su carrera, quería cumplirle la promesa que le hizo a su viejo Juan antes de morir: volver a su Córdoba natal –si bien es nacido en General Cabrera– jugar en Talleres y retornarlo a Primera División. Es que en cierta etapa de la vida, no son los dólares más o menos que pueda cobrar lo que motiva a un deportista superprofesional de la jerarquía y trayectoria internacional del “Cholo”.
Lo que lo hace son los desafíos, retos que le dan sustento a la vida de un deportista para tratar de estirar un poco más la decisión del retiro, que llega con los años, cuando el cuerpo pide más descanso que ejercicio, y la mente necesita algo más que videos propios y del rival de turno.
Mundo D adelantó su regreso en una recordada nota que publicó el 27 de enero del año pasado con el título: "Vengo a ascender y retirarme en Talleres". Era la promesa que "el Cholo" le había realizado a su padre.
Pero el infortunio hizo que en su tercera práctica en la “T”, en un amistoso contra Racing, en la Boutique, sufriera una fractura de maxilar. Y el ánimo se le cayó por el piso. En esos 45 días interminables de recuperación, en los que llegó a bajar seis o siete kilos y pensó en dejar el fútbol, fue la resiliencia lo que lo mantuvo en pie. Y el “vamos que vamos” fue la consigna que eligió para arrancar la puja diaria para volver.
Y, también, la invalorable ayuda de sanación anímica que le proporcionaron los afectos: su mamá Gladys, quien se vino de Cabrera a vivir con él, sus hermanos, amigos de alma y el apoyo permanente y férreo que tuvo de Érica, su mujer, y sus hijos Matías (17) y Lucas (11). Sin olvidar, por supuesto, el apoyo que le brindó el club, con el presidente Andrés Fassi y el técnico Frank Kudelka a la cabeza, y cada uno de sus dirigentes y empleados, convencidos de que lo mejor estaría por venir y con él como emblema e ícono.
Guiñazú supo adaptarse positivamente a una situación sumamente adversa y salió adelante. Volvió a jugar contra Almagro, tras hacer banco en el clásico frente a Instituto y después no largó más la titularidad, hasta que llegó ese momento mágico que ni el director más conspicuo del cine surrealista hubiera imaginado. El partido contra All Boys, en Floresta, el del zurdazo del gol del ascenso en los últimos segundos, el de la promesa cumplida al viejo con los brazos alzados al cielo y el aroma a ciclo cumplido.
Pero, claro, el físico le daba para más, la cabeza para mucho más aún y bastaron unos pocos minutos de charla para que Fassi, con su irresistible poder de seducción discursiva, lo convenciera de seguir encabezando el proyecto de transformación que se propuso para Talleres. Y otra vez volvió ese “vamos que vamos,” que lo azuza como un bomba inyectora de ánimo y energía.
Derroche de sabiduría
Lo que vino después, es historia reciente y aún no terminó. Fue el técnico que Frank Kudelka necesitó en la cancha; el recuperador de mil pelotas y pases correctos; el futbolista en el que nacía cada jugada; el actor del toque justo y bien dirigido; el que con 38 años iba de un extremo al otro de la cancha, corriendo y tirándose al piso como un pibe; derrochando jerarquía, corriendo con sabiduría y administrando esfuerzos; enseñando con el ejemplo, dentro y fuera de la cancha.
Por eso, cuando ayer anunció que decidió seguir una temporada más en el club, en una conferencia de prensa en la Boutique, no sorprendió la alusión a su familia, como sostén de su decisión (no aclaró cómo se repartirá, pero una posibilidad es que su mujer y su hijo menor vengan a vivir con él a Córdoba y el mayor siga en Brasil); el agradecimiento a Fassi y a los “32 segundos" de charla telefónica con él, desde México, que alcanzaron para acordar su continuidad; las palabras de gratitud para los empleados del club; a la alusión al deseo de jugar una copa internacional con Talleres y, por qué no, ilusionarse con ser nuevamente convocado a la selección nacional, aun con casi 39 años. “¡Vamos que vamos!”, fue lo último que dijo.
Y sí, Cholo, ¡vamos que vamos!
