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El buzo de Lucas y la selección

El Kempes estuvo a salvo de los barras, que anoche no aparecieron (al menos no en su formato de Hinchadas Unidas). Tanto fue el celo policial que muchos debieron dejar las camisetas partidarias en la entrada. Aunque algunas no aparecieron a la salida.

08 de septiembre de 2012 a las 11:43 a. m.
El buzo de Lucas y la selección
Lucas se quedó sin remera. (Foto: La Voz)

Lucas Godino recordará por mucho tiempo el partido de Argentina ante Paraguay. No sólo porque vio a Messi, y lo podrá contar. También porque debió dejar su querido buzo de Belgrano colgando de un parante, en la entrada del estadio Mario Kempes.

De nada sirvieron las explicaciones, los ruegos, los suplicios. La Policía no dejó entrar al flaco de Laboulaye ni a nadie que vistiera camisetas de los clubes de la ciudad. Tan estricto como descuidados porque al final, algunas de las prendas incautadas (con promesa de devolución) desaparecieron.

A Lucas le sacaron un regalo. El buzo que años atrás le había regalado Juan Landa, un ex jugador del Celeste, y con el que había vivido el ascenso del Pirata en aquel histórico cruce con River. El flaco se lo sacó sin pensar, lo ató a la reja y encaró para el estadio. Como varios más que no entendían el celo que pretendía desarmar todo posible gesto de provocación.

Nada de símbolos locales, que refirieran a los sentimientos de Córdoba o del país. La decisión pareció más firme que en otras citas.

Anoche, la entrada al Kempes fue la de una fortaleza. El anunciado "derecho de admisión" se cumplió con estilo propio y los barras de Hinchadas Unidas no entraron al Kempes.

"La orden es que no entren", contó uno de los cientos de controles. Detrás, un ejército de policías le daba la fuerza necesaria para tamaña afirmación. "Si venían, no iban a pasar. Estaba clara la decisión", agregó el hombre de chaleco azul de la Unión de Trabajadores de Entidades deportivas y Civiles (Utedyc), entidad que responde a la organización, vía AFA.

Está claro: los barras sabían que no los dejarían pasar, así que los controles ni siquiera se tomaron el trabajo de pedirles el DNI a los que llegaban a la cancha. Tampoco había listas con nombres propios o scanners de huellas digitales. Simplemente, la seguridad supo de antemano que no iba a lidiar con las barras bravas, que si estuvieron por el Chateau, se diluyeron en identidades anónimas y dispersas entre la multitud.

Hubo, en la semana, fuertes versiones sobre la presencia de los barras. Habían estado un año atrás, siguiendo a la selección en la Copa América. Tuvieron hasta un corralito que les armó la policía para que no se mezclaran con la gente, y por el ingreso al Kempes, aquella noche, ni debieron preocuparse.

Anoche, faltaron los camperones con la leyenda que identificaba a las Hinchadas Unidas, que nacieron para el Mundial de Sudáfrica gracias a una idea del Gobierno nacional y que se extendieron en el tiempo, gracias a la banca de algunos gremios fuertes y de los siempre dispuestos dirigentes.

Pero sí estuvieron anoche las caras transparentes de cientos de pibes ilusionados, de miles de mujeres seducidas por el fútbol y de muchos, muchísimos tipos francos y honestos que sólo querían ver un partido de fútbol. Sea quién sea el que logró hacer retroceder a los muchachos, dejó en claro que la solución a la violencia en el fútbol es política y depende del poder. Ni más ni menos.