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El ánimo final, los caníbales y otros intereses

El día después, la columna de Alejandro Mareco para Mundo D. 

02 de julio de 2018 a las 07:29 a. m.
El ánimo final, los caníbales y otros intereses

El día después de desenchufar del Mundial la ansiedad de los sentidos y el ardor de las pulsaciones tiene el sabor de un domingo de esos en la que las ilusiones ya son un asunto archivado en el ayer. Las horas que restan son las del inexorable trance hacia la gran rutina de un lunes que caerá con todo el peso de la realidad.

Las observaciones que pudieran hacerse sobre el amargo mediodía del sábado no son más que una estela de queja en la hora de la resignación. Las palabras también han perdido la ilusión.

De todos modos, si uno revuelve en los recuerdos sobresalen sensaciones que dan cuenta de lo que, ante Francia, fue un extraño capítulo de despedida.

Comencemos por lo excepcional del resultado: 4 a 3; luego apuntemos del naufragio táctico argentino con el falso nueve y los ausentes recaudos para cuidarse de las herramientas del contrincante: la velocidad de sus delanteros. Aún así nos encontramos en ventaja, incluso para nuestro propio asombro, pero no tuvimos ni presencia de ánimo ni libreto de juego para aplicar en esas circunstancias.

Pero si hay una imagen que reafirma lo extraño es la de la última jugada, esa que nos sobresaltó sin poder terminar de entenderla porque ni siquiera hubo tiempo para la repetición: ya estábamos afuera del Mundial. Fue un centro de Meza que acaso Fazio o Otamendi hubieran podido transformar en gol si no se cruzaba el botín desesperado de Di María.

¿Cómo fue que estuvimos a punto de empatar si entramos a jugar los cuatro minutos de descuento con dos goles abajo?

Habla de la otra cara de ese ánimo fatalista de los jugadores, que padece siempre propenso a deprimirse ante las situaciones adversas: no se resignó a la derrota así nomás.

Lo tengamos en cuenta cuando al momento de practicar el canibalismo con nosotros mismos, como tanto les gusta a tantos.

Esa última jugada dice también que en la esencia de nuestros jugadores siempre quedan recursos.

Estamos en condiciones de pelear grandes cosas, como se demostró en Brasil 2014 y en las Copa América que siguieron.

En la alta competencia lo básico es maximizar las cualidades a favor y minimizar el efecto de las debilidades.

Pero Argentina hizo todo lo contrario; diluyó sus capacidades en un mar de dudas y confusiones, y multiplicó sus debilidades, sobre todo defensivas, con planteos erráticos e inseguridad constante.

Pongamos como referencia a Brasil 2014: Argentina sufrió tres goles en siete partidos (uno en tiempo suplementario), y en Rusia, nueve tantos en cuatro cotejos.

Nada se recogió de la experiencia de Alejandro Sabella, que incluso en la parte final del Mundial pasado fue capaz de reducir la Messidependencia.

Mientras tanto, detrás de la incompetencia que terminó desnudando Jorge Sampaoli está el momento institucional del fútbol argentino, luego de su profunda crisis de conducción .

La Superliga se quedó con el gran negocio del fútbol de primera, televisión primero y acaso la futura privatización de los clubes después, y le dejó el ascenso y la selección a la AFA. Entonces, a Claudio Tapia, ilusionado con salir en una foto con gloria, le concedieron que le extendiera al santafesino un contrato por cinco años y 20 millones de dólares.

La institución fútbol está partida por intereses, y no siempre las caras que se muestran, como la de Tapia, son las caras del poder real.

Pero el fútbol argentino es uno de nuestros máximos productos culturales: nos da identidad en el mundo e incluso un lugar en el corazón de otros pueblos. Además del orgullo propio que nos dan las victorias, junto a la maravillosa sensación que sólo pueden generar las alegrías colectivas.

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