Durante el partido entre Brasil y Alemania, en el Mineirao nadie pestañeó
La historia del fútbol mundial recordará para siempre el juego en Belo Horizonte. Los teutones humilló 7-1 al local, lo que generó insultos a Dilma Rousseff y destrozos en varias partes del país organizador.
Nadie quería pestañear. Se los juro. Nadie. Los testigos presenciales de semejante partido de la historia de los mundiales no querían pestañear. Querían recordar cada segundo que pasaba. Cada instante. Cada gesto. Cada gol. Es que pasarán los años, y se seguirá hablando de este partido. De este Brasil 1-Alemania 7. El que mostró el Estadio Mineirao de Belo Horizonte. El que exhibió la selección alemana.
El análisis del partido, acá
El que llenó de vergüenza a todo Brasil, a su selección. Lo que pasó ayer, para los brasileños, fue peor que el Maracanazo del ’50. El Mineirazo será recordado toda la vida, por ellos, por nosotros, por todos nosotros que seremos contemporáneos de semejante epopeya futbolística por parte de 11 tipos europeos que jugaron. Sí. Se animaron a jugar a la pelota.
Y pobre Brasil. Justo les tocó a ellos padecer a los alemanes inspirados. Nosotros, los argentinos, lo vivimos hace cuatro años en Sudáfrica. ¿Se acuerdan? Maradona, Messi y los cuatro goles que sufrimos en cuartos de final. Los sufrimos, claro que sí. Pero lo de ayer fue mucho peor. Mucho más humillante. Porque fue en tu casa, Brasil. Fue en la fiesta que habías armado para festejar el hexacampeonato. Era obsceno ver las publicidades. Los jugadores y hasta Felipão haciendo el seis. Ya contaban los seis títulos...
La historia de ayer comenzó de una manera conmovedora. Se cantó el himno de Brasil como nunca antes. El capitán David Luiz, mientras entonaba la canción, mostraba la camiseta de Neymar, el gran ausente de ayer junto a Thiago Silva. Estaban enardecidos los brasileños. Eufóricos. Querían suplir las dos bajas con mucho amor propio. Se notaba en el ambiente. Se sentía en la piel. Era lo que necesitaban los futbolistas. Pero no fue suficiente.
Y empezaron los goles alemanes. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... ¡en 18 minutos! Uno por cada título mundial recibió Brasil. Alemania hacía lo que quería. Los dirigidos por Scolari eran una lágrima. Los de Löw eran toque, rotación, velocidad, precisión. Magistral. Era ver algo increíble. Inolvidable.
Brasil lloró. En cada rincón de este extenso y hermoso país. De decepción. De amargura. De ver de nuevo los fantasmas del ’50 revoloteando. Más vivos que nunca. Entonces en el Mineirao se la agarraron con Fred, un pésimo delantero que está a años luz de Ronaldo, Romario, Careca y tantos otros que hicieron grande a esta selección.
Cuando llegó el séptimo gol, el hincha brasileño aplaudió. Se los juro. Aplaudió el golazo de Schürrle. Y empezó a cantar "ole, ole, ole…" ante cada toque de los alemanes. ¡Se burlaban de su selección! Se reían para no llorar. Pero lloraban. Era triste ver a chicos desconsolados. A mujeres que se les borraba la bandera pintada en los cachetes por las lágrimas que se caían.
Y también la ligó Dilma Rousseff. La presidenta fue insultada en el Mineirao. Es que los resultados positivos habían tapado el malestar general por la cantidad de dinero que se destinó a la Copa del Mundo y no a la salud, a la educación, a tantas otras necesidades que tiene Brasil. La basura que se había escondido debajo de la alfombra salió a la superficie.
De la decepción y las lágrimas se pasó a la bronca. Y ganó las calles. De acá de Belo Horizonte, donde todavía están llorando a Hanna y a Charles, dos chicos de 25 años que murieron el jueves pasado aplastados por un viaducto mal construido. Apurado por este Mundial inolvidable desde lo deportivo, y lleno de reclamos sociales. La bronca se trasladó a otras grandes ciudades, donde hubo desmanes y destrozos.
Todo eso generó este 7-1. La exhibición de Alemania. La humillación de Brasil. Las lágrimas. Los insultos. La bronca. El fantasma del '50.
El del 2014. Inolvidable. Por donde se lo mire. Y, se los juro, recién ahora cuando ponga el punto final podré volver a pestañear.
