Diario de viaje: Ilhéus huele a clavo y canela
Más allá, Brasil se jugaba el pase a cuartos. Más acá, las playas idílicas invitaban al descubrimiento de una ciudad que recuerda a Jorge Amado, a Gabriela, y que deja en claro que, cuando el local sale a la cancha, el país se detiene.
Allá están las playas idílicas, pero acá, 460 kilómetros al sur de Bahía, está Ilhéus que se vale por sí misma, huele a clavo y canela, y a Gabriela (a la belleza agreste e intimidante de Sonia Braga, la actriz que hizo mirar telenovelas a los machos argentinos en la década de 1990).
También está el Mundial, el de los 16 mejores que pronto serán ocho, luego cuatro y, por fin dos, mano a mano por la Copa. Ese sueño dorado que conserva su influjo en las lejanías que transitamos que, no obstante, quedan a mitad de camino de este Brasil inabarcable que por el norte concluye en el límite con la Guayana francesa.
El sabor fuerte del cacao más natural que puede hallarse en Brasil, suavemente endulzado por los artesanos que lo venden en los alrededores de la Iglesia identifican a Ilhéus, a su pasada prosperidad devenida de comerciar ese fruto natural, una suerte de melón pequeño y alargado que, cuando madura, se pone rojizo y oscuro, y que los suizos –nuevos cucos que se cruzarán en nuestro camino el martes en San Pablo– fabricaron en serie como un elixir conocido con el nombre de chocolate.
Pero ahora sólo se trata de caminar por sus estrechas calles empedradas entre coloridas edificaciones coloniales portuguesas, de la mano de Jorge Amado (1912-2001), prolífico escritor bahiano que vivió mucho tiempo aquí y primer responsable de que la visita a esta ciudad de 200 mil habitantes sea tan agradable.
En su casa natal en Rua Jorge Amado 21 nos recibe una estatua de tamaño natural del bigotudo poeta –parece que los amigos le decían "Sapo", a juzgar por su aspecto y por los numerosos batracios que adornan el interior de su casa– ataviado con gorra, corbata de nudo, saco, pantalón y zapatones chaplinescos. Sin andar mucho, los caminos de Amado conducen a la plaza Eduardo, donde está el legendario bar Vesubio, impregnado del espíritu de Gabriela (de Sonia Braga) y del suplicante enamorado Nacib, los personajes centrales de Gabriela, clavo y canela, su popular obra.
A un paso de allí, el Bataclán, cabaré descripto y frecuentado por este amante de la vida nocturna. Los encantos de Ilhéus son pequeños pero intensos. La cumbia colombiana cantada por músicos callejeros ("con su pollera colorá"); la literatura de cordel, folletos de escritores bahianos colgados de una cuerda de la que escogimos una picante poesía de Gilto Silva Homaz titulada "O homem que enganou o diabo con o bicho da mulher" (Dios salve al que entienda el portugués). Y las playas, claro, las guirnaldas que decoran sus calles, como las calles de todos los pueblos de Brasil que viven la Copa del Mundo como un carnaval.
En el camino se hacen las 12.30, hora de reponer combustible y energías. “Estamos funcionando”, dice un pasacalle gigante en la estación de servicio. Pero no es cierto. Unas cadenas rodean a los surtidores.
Juega Brasil y el país se paraliza. Nos resignamos a ver el partido y a compartir alegrías y angustias con los brasileños, “como hermanos”, como nos dicen vaya a saber con qué sentido. Qué manera de sufrir, Brasil…
