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Diario de viaje: En la fiesta de San Juan

Bombas, petardos, bocinas y tambores aturdían la mañana de Trancoso. Pero esta inmensa fiesta no se debía al Mundial, sino el día de San Juan Bautista.

28 de junio de 2014 a las 10:16 a. m.
Por Ángel Stival
Diario de viaje: En la fiesta de San Juan
Alegría en Trancoso. En un pequeño salón, bailaban hasta los niños al ritmo brasileño. En la Costa del Descubrimiento (Foto: LVI).

Hace ya unos días, en la mañana de Trancoso, los sonidos que nos despertaron en esta poco frecuentada playa de la costa bahiana eran de fiesta: bombas, petardos, bocinas, tambores, música. Por esta vez, no era el Mundial sino el día de San Juan Bautista. En el balcón que Trancoso tiene para asomarse al mar, está la iglesia de este santo, construida a principios del siglo XVIII sobre las ruinas de la que hicieron los jesuitas hace más de 400 años.

Hoy es uno de los sitios desde donde se tienen las mejores vistas de las playas de la denominada Costa del Descubrimiento porque la llegada de los portugueses se concretó aquí. Uno los imagina con los ojos abiertos de asombro y contrariados frente a ese matorral verde y tupido que trepa por los morros circundantes porque lo que buscaban, lo mismo que Colón, era el famoso paso occidental hacia la India, tierra de las codiciadas especias.

Lo que hallaron fue un obstáculo insalvable para sus ambiciones. La "Vila de los jesuitas" ocultó sus tesoros hasta que la redescubrieron en la década de 1970 unos aventureros del camino menos intrépidos que los navegantes pero constructores de una manera de vivir etiquetada bajo el vocablo inglés hippie.

Lo único que había entonces era el Quadrado, un sitio rectangular empedrado y con una parte de campo verde que se extiende hasta la iglesia y que describíamos ayer. A las 11 de la mañana, estaba llena de feligreses escuchando la misa de San Juan Bautista. Después siguió la fiesta a la que nos sumamos con entusiasmo. Comimos feijoao tropero, una feijoada seca con porotos marrones y burgol condimentado con ingredientes que no alcanzamos a identificar, arroz, carne vacuna estofada y pollo. Suculento y delicioso. Todo esto acompañado por leite de coco, una bebida de color blanco que disimula en sus entrañas un toque poderoso de cashasa.

En un pequeño salón, bailan hasta los niños al ritmo de la música brasileña y en los alrededores, los tranquilos habitantes de Trancoso se entretienen en sus tertulias. Los niños juegan en la canchita que está frente a la iglesia. El pueblo, la parte más pobre del pueblo sube la cuesta y acude a su fiesta. Haber participado en ella es nuestra hazaña del día. Pocos turistas lo hacen. Una pareja de marplatenses enamorada de este lugar viene todos los años y se suman con más naturalidad que nosotros a ese bullicio que se va apagando de a poco. La gente humilde de Trancoso baja la cuesta porque arriba, en el Quadrado, se acabó su fiesta. Cuando ellos se van, empieza otra.