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Cordobeses en Berlín: testigos de la fiesta ajena

Cuatro cordobeses siguieron la final en Berlín, la sede oficial del festejo alemán. Rodeados de germanos, se esperanzaron y sufrieron más que nunca.

14 de julio de 2014 a las 10:46 a. m.
Cordobeses en Berlín: testigos de la fiesta ajena
EN BERLÍN. Muchos argentinos siguieron juntos la final en la capital alemana. Allí se esperanzaron y sufrieron más que nunca.

Pudieron haber estado de vacaciones en Italia, Croacia o India. Pudieron haberse quedado afuera ante Bélgica u Holanda. Pudieron haber jugado una final contra cualquiera de los otros 30 equipos del Mundial. Pero no. A ellos les tocó bailar con la más fea: son argentinos y vieron la final contra Alemania en Berlín, sede del festejo germano.

Gabriel Costanzo, Pablo Gnaden, Ignacio Juárez y Alejandro Savioli son cordobeses a los cuales la vida los puso por diversos motivos en Alemania, y desde allí sufrieron y vibraron con esta final histórica.

Durante toda la semana se plantearon la posibilidad de "escaparse": no faltaron las voces que plantearan la posibilidad de ver la final en Polonia. "Era una locura, pero lo tratamos. La Embajada Argentina invitó a todos a un anfiteatro que estaba muy cerca de la Puerta de Brandemburgo, el lugar en donde veían el partido un millón de alemanes", explicó Costanzo. "Mi conexión con Alemania es grande: es un país en el cual decidí finalmente vivir, aprendiendo su difícil idioma y adaptándome a situaciones impensadas. Pero en fútbol me han dejado clavada una espina que lleva larga data y que al final no hace más que plantarse aún más adentro. Estuvimos muy cerca de gritar en el silencio, pero la fiesta no era nuestra. Desde Berlín y en el medio del ruido, nos vamos a dormir orgullosos de ser argentinos", le contó luego Gabriel a Mundo D.

"Mientras imagino que en Argentina el silencio invade cada rincón, aquí sólo se escuchan bombas de estruendo, gritos y bocinazos. Nuestra derrota no descansa tranquila entre tanto barullo", agregó Juárez, cantinero en un bar alemán.

Volver a casa fue raro, coincidieron. Escabullirse en soledad por calles por las cuales no pasa nadie. No por miedo, sino para no respirar de un aire que no era propio. En ese momento sólo pensaron en lo épico que pudo haber sido robarles la ciudad y su festejo preparado. Esa historia no se pudo escribir.

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