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Belgrano, un equipo que juega su juego

El Pirata se trae un punto. El Celeste no tuvo una buena noche, no es vistoso ni por asomo, pero suma, suma y suma. Sigue mezclado con los de arriba.

29 de septiembre de 2012 a las 10:32 a. m.
Belgrano, un equipo que juega su juego
Belgrano no jugó bien ante Quilmes en Buenos Aires, pero el golazo de Guillermo Farré sirvió para sumar un punto y lograr un complicado 1-1 ante el Cervecero. (Foto: FotoBaires)

Durante la semana, un viento de expectativa recorrió media provincia: la posibilidad de una victoria de Belgrano en Quilmes significaría la punta del Torneo Inicial. Compartida con Newell’s y provisoria a la espera de los resultados posteriores, pero punta al fin. Entonces, los periodistas desempolvamos estadísticas y números y se retrocedió en el tiempo, a 1994 y 2001, los únicos antecedentes de un Belgrano líder en Primera División. Pero nadie como uno para entenderse a sí mismo. Nadie como Belgrano para entender a Belgrano. A este Belgrano de overol permanente que ignora lo que repiquetean a su alrededor. Belgrano juega su juego. Adentro y afuera. Antes, durante y después. Con la cabeza y con los pies.

No le interesa la punta. Y eso explica cómo jugó (mal) ante la necesidad de Quilmes. Y explica, también, las voces de conformismo tras el 1-1. Nadie como César Pereyra para graficarlo mejor: “Jugamos ante un rival directo y no podíamos permitirnos perder. Jugamos mal, pero sacamos un buen empate”.

Nadie habla del salto a la punta que no pudo ser. Ricardo Zielinski respondió a una pregunta: “¿La punta? nadie piensa en eso”.

El secreto celeste

Tal vez en ese convencimiento insobornable radique el secreto de esta gran campaña de Belgrano, que arrastra una buena racha de tres victorias en serie y la igualdad de anoche. No lo encandilan las luces del triunfalismo y se refugia en su fortaleza. Para asaltar la punta se necesita armas de alto calibre y Belgrano no las tiene.

Entonces, se arropa en sus virtudes: concentración, determinación, solidaridad, convencimiento. Su performance de anoche fue realista con su juego y su objetivo. Jugó decididamente mal en el primer tiempo, impreciso y bartolero. Mejoró en el complemento, pero hasta ahí nomás.

No jugó como un aspirante a la cima porque no lo siente, porque no lo es. En cambio, se plantó en un reducto difícil dispuesto a resistir con orden y tratar de salir rápido de contra. Sólo le salió bien la primera parte del plan. Cuando estuvo en desventaja, arriesgó con el ingreso de Víctor Aquino por César Mansanelli.

Tras el rápido empate de Guillermo Farré, urgente retornó al esquema inicial. Afuera Pereyra, adentro Lucas Pittinari. Más claro, imposible. No había necesidad de ir por la punta, sí de seguir batallando.

Como siempre, Juan Carlos Olave fue clave. Como siempre, terminó con varios amonestados, aunque esta vez hay poco por reprocharle al árbitro Pablo Lunati. Eso sí, la última amarilla, en la última jugada del partido, significó un duro castigo para “Chiqui” Pérez. El marcador central se perderá el próximo juego, nada menos que ante Boca en el estadio Mario Kempes. “Chiqui” no tenía consuelo. Varios de sus compañeros lo abrazaron, lo palmearon en el final del partido.

El punto, claro está, fue aceptado con satisfacción en el búnker celeste. Permite seguir sumando, esa es la tarea.

Unos metros más allá, en la salida del otro vestuario, jugadores y allegados del local también le dieron importancia a la unidad. “Jugamos el mejor partido del campeonato, al igual que en el debut ante Boca. No se ganó, pero enfrente estaba Belgrano, un rival dificilísimo”, comentaban los hinchas “cerveceros” mientras apuraban la retirada. No había disconformismo.

Similar análisis hacía el entrenador Omar De Felipe. La lectura optimista de Quilmes habla bien de Belgrano. Hay un respeto evidente y se valora una igualdad de local ante el equipo cordobés.

Esto es Belgrano, le guste a quien le guste. No juega lindo, no es vistoso ni por asomo, pero suma, suma y suma. Y está arriba, metido en una conversación que no es la suya, pero dispuesto a molestar, a incomodar con su presencia de guerrero insobornable, convencido de sus ideas y de su capacidad para jugar a lo que le conviene. Sólo por esa determinación se merece estar donde está.

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