Argentina: El día del tiro libre
Maradona nunca descansa. Ayer se puso a patearles a Pozo y Andujar, y los volvió locos. Los testigos dan fe de que fue genial. Al final, se puso un poncho salteño que le regalaron.
Hay que tener una razón válida para quedarse sentado en una tribuna desnuda con 5 grados en el ambiente. Si no se entrenaron los titulares, si además ya se fueron los suplentes y sólo quedan los arqueros de reserva en la cancha. ¿Por qué los periodistas, alguno que otro hincha y varios curiosos siguen ahí? Por Diego Maradona, qué novedad.
El DT de la selección argentina había decretado el final de la práctica de ayer. Era de noche. El frío ya era despiadado. Sin embargo, comenzó un murmullo que rodeó las miradas de los que se habían llegado hasta el Centro de Alto Rendimiento de la Universidad de Pretoria. Diego comenzó a patear tiros libres como parte de un ejercicio con los dos arqueros suplentes, Mariano Andujar y Diego Pozo. Otra vez, el jugador salía a escena.
Comenzó a shotear y el murmullo se convirtió en sonoros comentarios de admiración. Uno a uno, cada integrante del público comenzó a pararse y a mirar hacia el arco que da a la cancha de rugby de los Tucks. Hacia allí iban las Jabulani, impulsadas por la zurda de Maradona. Una a la izquierda, golazo; a la derecha, otro golazo. Y no porque la resistencia de Pozo o de Andujar decayera. Los tiros eran perfectos, al ángulo, arriba, abajo al palo.
“Ves, ¡ésa fue con todo el pie!”, gritaba Maradona con voz de Papá Noel vestido de azul y auspiciado por las tres tiras. “Dale, que no pasa nada”, alentaba a sus arqueros que no la podían parar aunque volaran de palo a palo.
Del otro lado, el que pateaba era el entrenador de arqueros, Gustavo Piñero. De pasado en Racing de Avellaneda y Gimnasia La Plata, el flaco también clavó unos cuantos tiros. Y se autoproclamó el que más goles metió. Pero a nadie le importaba. Todos querían más de Maradona que, conocedor de esa fuerza seductora que produce cada vez que toca un balón, siguió para la popular.
Entrenadores como Marcelo Lipi en Italia o Fabio Capello en Inglaterra, no podrían siquiera levantar el polvaderal que Diego moviliza. Trabajan como funcionarios que deben llevar adelante la tarea del día. Pero Maradona, en cambio, camina la cancha y transpira con sus muchachos.
Siempre de jogging (a lo Bielsa), siempre buscando la pelota.
Siempre hay showLas prácticas (lo que deja observar) son motivo de alguna anécdota. El camino que Maradona hace desde la cancha de entrenamiento hacia los vestuarios le obliga a recorrer otro campo de juego, detrás de la tribuna. Desde ahí, siempre alentado por algún periodista que responde con sus ocurrencias.
Ayer, dos salteños le regalaron un poncho. Y Diego agradeció y se lo puso. La emoción de los colegas ante la respuesta del DT quedará en los manuales de periodismo de color. Los chicos temblaban de la emoción y Maradona caminaba con el obsequio puesto.
Detrás, siempre, sus colaboradores, Alejandro Mancuso y Héctor Enrique. A unos pasos, custodiándolo pero jamás opacándolo. Todo los días de Pretoria, en una rutina que parece repetirse a propósito, cuando el sol ya cayó y el frío se ha convertido en un látigo de tortura. Una ceremonia que, conocedor de la importancia de las cábalas, se mantendrá por muchos días. Si los éxitos siguen llegando.

