Todo sigue como si nada
Quizá el sábado el árbitro Saúl Laverni estaba esperando que uno de los tantos proyectiles que arrojó la hinchada de Racing le partiera la cabeza o le sacara un ojo a algún jugador, asistente o a él mismo para recién entonces suspender el partido entre la Academia y Tigre en el Cilindro de Avellaneda.
El juez, muy criticado después del encuentro por Miguel Ángel Russo, primero levantó una botellita de whisky, la exhibió a todos y se la dio al jefe del operativo de seguridad. Acto seguido, se agachó y tomó una pelotita de metegol, de esas macizas de madera, la mostró y también se la entregó a la autoridad policial. Siguieron cayendo objetos al campo de juego, pero Laverni ordenó que el partido prosiguiera como si nada.
En esos incidentes sucedidos en los últimos minutos del partido jugado antenoche en cancha de la Academia no hubo heridos ni muertos. No existió un Ramón Aramayo, como sí lo hubo el 20 de marzo (o sea, sólo 15 días atrás) en las adyacencias del estadio de Vélez.
Desde ese domingo nada cambió en el fútbol argentino, y ese hincha de San Lorenzo muerto sólo pasó a engrosar la fatal estadística. Con ese antecedente tan fresco y el optimismo necesario para no tener en cuenta que casi nunca los responsables reaccionan con la determinación indispensable, se podría haber pensado que ante el menor hecho de violencia las sanciones serían ejemplares. Nada de eso sucedió. Y, de casualidad, no hay más víctimas.

