Ante Perú, Palermo nos sacó del agua y nos dejó a un paso del Mundial de Sudáfrica
El delantero le dio el triunfo 2-1 a Argentina sobre Perú en tiempo de descuento. Si Argentina gana el miércoles ante Uruguay irá a Sudáfrica.
Debe existir un arquitecto del destino. Como se llame, hay alguien que piensa la historia para hacerla extraordinaria. En momentos simples, para el común de los mortales, o en grandes situaciones, para Martín Palermo. No cabe duda, es un elegido.
Podrían haber ocurrido muchas cosas anoche en el Monumental. Se esperaba una goleada, un triunfo holgado, aunque a medida que fueron pasando los minutos –que fueron pocos– la paciencia se acabó de golpe. Como en 1993, cuando la hinchada pedía a Maradona en el 5 a 0 ante Colombia, esta vez la daga popular se le clavó en el corazón a Diego con otro pedido.
“Palermo, Palermo”, cantaba la cancha y apenas habían pasado 20 minutos ante Perú.
Tanta figura suelta en la cancha, sobre un piso brillante, una cancha no tan llena y un rival mediocre prometían un trámite. Pero nada de eso pasó. Se fueron diluyendo las pinceladas que prometían los buenos de Aimar, Di María, incluso de Higuaín y, se sabe, con Messi no podemos contar.
Entonces la gente subió el volumen, era hora de cantar. Como se canta en una cancha de fútbol.
Vaya a saber qué le dijo Maradona en el vestuario, pero Palermo salió a la cancha sabiendo que era su noche. Lo supo desde que escuchó corear su nombre a los 27 minutos del primer tiempo, desde que en Córdoba la gente lo ovacionó hace una semana y media atrás en el triunfo de Ghana, lo sabe casi desde que debutó en Primera División a los 19 años, el 5 de julio de 1992.
Bueno, es que lo sabe desde siempre, si cada una de sus acciones lleva marcada la épica de los enormes hombres del fútbol de todos los tiempos.
Vaya a saber qué le dijo Maradona en el vestuario, pero Palermo salió a la cancha sabiendo que era su noche.
Y entró Martín decidido a darle a la selección todo lo que podía. Ya llovía. Primero, apenas unas gotas, luego un aguacero de temporal para enciclopedia. Hizo el gol Higuaín y nada más, todo parecía resuelto. Pero el arquitecto del destino tenía otros planes.
Perú se animó a cambiar de marcha, atacó porque la defensa argentina estaba para eso y la cosa se puso brava.
Viento, lluvia... La lluvia trajo viento, Argentina no tenía respuestas y ni un centro para “el Titán”. Bueno, si no se podía atacar, había que defender y así lo entendió Palermo que se sumergió en el bajofondo de un cancha barrosa, hostil, tremenda. Aguantó, sin juego, todo.
Pero la gente no daba más y siguió cantando más y más. "Pongan huevo, la puta que los parió", les imploraba a sus jugadores un estadio empapado, sufrido, muerto de frío. Pero nada, el equipo estaba a punto de morir.
Y murió cuando Rengifo metió el empate.
Los que estuvieron en la cancha pueden dar fe que desde la tribuna no se veía nada. Sólo se escuchaba el grito de la pequeña parcialidad peruana que explotó al saberse verdugo de Argentina. Los que estuvieron ahí saben que odiaron haber venido, ser testigos de semejante tragedia.
Y saben también que dos minutos más, agradecieron al cielo estar en el Monumental. La gente parada en los pasillos, insultando, llorando, sintiéndose lejos del Mundial ahora gritaba, lloraba pero de alegría, se abrazaba empapada hasta los huesos.
Todo porque el tiro de Insúa había hecho un pique extraño, y la pierna de Palermo, esa pierna de animal de fútbol, convirtió un gol milagroso.
El "Gracias Dios" en la boca del delantero de Boca pudo leerse desde la Luna. La corrida memorable para el festejo, en una jugada para todos los tiempos estaba dándole el fin perfecto a un hombre elegido.
Fue éxtasis popular. Amor incondicional a un bostero en la cancha de River. Olvido –al menos unos minutos– de la paupérrima actuación de Argentina. Palermo, como alguien diseñó en el destino, escribió otra hazaña.

