Nada es para siempre
No deja de ser bueno que todo se empareje. Así salen campeones los más chicos, los más postergados, los que hasta hace poco soñaban con la utopía de una vuelta olímpica. Sino que lo digan Lanús, Banfield o Argentinos Juniors, o por qué no Godoy Cruz, segundo equipo del interior del país indirectamente afiliado a la AFA (el primero fue Talleres) en clasificarse a la copa Libertadores de América.Lo malo es que todo se está emparejando para abajo. Boca añora la época dorada de la gestión de Bianchi, Independiente todavía suspira las gambetas de Bochini, Racing recuerda aquella gesta montevideana mientras está cerca de revivir aquellos años dorados de competencia internacional y River sobrevive a la corrosiva gestión del abogado José María Aguilar, que lo ha dejado en carne viva.
El cambalache, afortunadamente, deja también espacio a la responsabilidad: Estudiantes y Vélez Sársfield, en silencio, hacen lo suyo y buscan sumar un nuevo título.La estandarización del nivel de juego les cabe a todas las categorías del fútbol argentino. Rosario Central lo padece en la B Nacional; está 10°. Unión de Santa Fe, al menos hasta ayer cuarto en la tabla de posiciones con 26 puntos en 17 encuentros, ha sumado apenas unas centésimas más que el 50 por ciento de las unidades puestas en juego. Un poco más arriba, los números tampoco son tan generosos. Los líderes, en todos los niveles, pierden o empatan con cualquiera.Lo preocupante es que casi todos los equipos parecen jugar igual. Y lo más grave, aún, es que muchísimos jugadores parecen hacer lo mismo. En Argentina hay una tendencia que ha instalado al futbolista utilitario como prioridad en el armado del equipo. Muchos técnicos, como efecto dominó, copiaron un modelo de juego sobrecargado en lo táctico y en los valores físicos del jugador. La ley de cuidar el cero en el arco propio enjauló al futbolista, lo maniató.
El sentimiento egoísta de privilegiar el resultado sobre el nivel de espectáculo está implícito en el pensamiento de entrenadores asustados en bancos cada vez más inestables. Cada vez se sienten menos sus voces para ofrecer libertad "para que hagan lo que mejor saben..."Eso explica por qué algunas banderas, acostumbradas a lo más alto del mástil, destiñen en el sopor de un ocaso sin viento.Ni aún con los beneficios que todavía obtienen de sus heráldicos nombres, Boca, River, Independiente, Rosario Central o el mismo Talleres, en el Argentino A, pueden asomar la cabeza sobre el resto.A propósito de Talleres. Fue impresionante la multitud que fue a verlo ante Racing. Había pasado media hora de juego y sus hinchas seguían llegando para alentarlo. Gozaron al comienzo y penaron con el final. Otro caso de alcurnia desteñida. Como otras veces, superior con la pelota y en la red.Talleres se relajó y Racing se lo facturó. Que 20 años no son nada. Que las lágrimas alguna vez se secan y la alegría se renueva. Racing, después de dos décadas, volvió a ganarle. En el fútbol argentino, estos pequeños sismos alteran las jerarquías. Que los grandes son cada vez menos grandes y los más chicos parecen menos chicos. En todo caso, la diferencia la sigue haciendo el público.
Y en eso, Talleres gana por goleada. Lástima que eso no se traduzca en triunfos y campeonatos.

