Cuando el festejo está prohibido
Desde chico se le enseña al jugador el valor del triunfo. Antes se encargaban de eso autodidactas y ahora profesionales que han explicado lo difícil que es acceder a la victoria y, mucho más, a un título.Instruyeron a los pibes el sacrificio, la perseverancia, la dedicación y el amor que deben aplicarse hacia el deporte (el fútbol, en este caso) para consumar el festejo. La enseñanza se amplía con la búsqueda de equilibrio emocional para disfrutarlo como algo propio, único e intransferible. Y también para padecer lo opuesto cuando el ganador sea otro.El desenlace del partido que jugaron Unión (0)-Atlético de Rafaela (1), el sábado pasado en la noche de la capital santafesina, cuyo resultado les permitió a los rafaelinos consagrarse campeones, además de haber obtenido el ascenso fechas atrás, es un claro ejemplo de lo que no debe hacerse al enfrentar la derrota.
Los jugadores de Unión, cuyo equipo está segundo y con muy buenas chances de ascender, parecieron disolver entre muchas gotas de bronca e impotencia la celebración que habían encarado sus pares de Rafaela por la obtención del título. Lejos de acompañar con hidalguía la cadena de abrazos de sus rivales y de asistir, estoicos, a un festejo merecido, resolvieron irrumpir en la fiesta con prepotencia para interrumpirla con un argumento inaceptable. "Si quieren festejar que lo hagan en el vestuario", dijo Nicolás Correa, defensor de Unión.
Desde tiempos muy lejanos se asiste al deterioro de la investidura del futbolista, provocada por el mismo futbolista. Décadas atrás, la violencia alevosa de unos y otros dejaba victoriosos y derrotados, pero también un matiz de agresividad en aquel momento aceptable.
Hoy, en cambio, ya desterrada aquella violencia insoportable, es común ver a uno de ellos señalarle al árbitro el castigo que debe aplicar a un rival; es recurrente la imagen del jugador pidiéndole a su adversario la agilización del juego cuando este es hostigado por el público; es cada vez más vista la patada artera o la actitud patoteril hacia un jugador que tiene un gesto de habilidad cuando el partido ya está resuelto con una goleada. Lamentablemente, la actitud de Unión obliga a ampliar la vitrina para agregar otro trofeo a lo insólito y repudiable.Se insiste en que esto llama la atención porque hace a la esencia del juego y a la predisposición primaria de cada protagonista. Aun con bronca o desilusión por la adversidad, es imprescindible que el futbolista muestre sus credenciales de buen deportista: aceptar al campeón es sentirse campeón y pedir ser reconocido como tal en alguna otra oportunidad.Llama la atención que ningún organismo de seguridad haya pedido aclaración a la dirigencia de Unión por la increíble decisión de dejar a oscuras un estadio con 20 mil personas en sus tribunas; no llama igualmente la atención que la AFA, con su presidente "todo pasa", no haya comenzado una investigación para saber qué fue lo que pasó; y cada vez llama menos la atención la mirada hacia el costado del gremio de los futbolistas, que patea hacia la nada un debate imprescindible entre sus afiliados: la violencia propia, nacida en la misma cancha, que no lanza el mejor mensaje hacia aquellos que sin pretender pureza en este juego, necesitan ver actitudes un poco más racionales.

