Un Belgrano más cercano a su tradición
Belgrano encendió a su público en la noche más fría del año. Le costó arrancar y poner primera, pero levantó temperatura y aceleró las pulsaciones cuando entendió que el torneo ya no le daba margen para otro empate (hubiera sido el noveno) en el Gigante de Alberdi.
Al entretiempo se fue con la mitad de los deberes hechos. Había controlado bastante bien a los rapiditos de Atlético Tucumán, un rival directo que se le plantó con un sistema ambicioso en los papeles pero demasiado dependiente de Rodríguez y de Chávez a la hora de la verdad.
El tema era que Ribair Rodríguez no terminaba de hacer pie en un medio campo donde los que más saben –Mansanelli, Maldonado y Vázquez– no lograban tutearse con la pelota. Para colmo, Pereyra y Lazaga se desgastaban en forcejeos, y entonces la “B” le facilitaba la tarea al Decano tirando pelotazos que indefectiblemente terminaban en la platinada cabeza de Páez.
La historia empezó a cambiar cuando el Pirata entendió que el abordaje debía ser por abajo, para poder lograr incomodar a esos limitados defensores que se convierten en eficientes cuando el juego se hace embarullado. Al cambio de estrategia se le acopló una entrega diferente desde lo individual, más acorde a la tradición belgranense.
Hasta los más imprecisos fueron creciendo futbolísticamente a partir del clic temperamental, y la gente se contagió de esa nueva impronta. Los goles (el que hizo Pereyra tras un gran asistencia de Maldonado, y el que no hizo “el Picante” porque se le interpuso Ischuk) no hicieron más que trasladar al resultado aquel cambio de juego y de actitud.
Los que desafiaron el frío se fueron ilusionados con los tres puntos, que ponen a Belgrano a tiro de una promoción, pero también abrigados por el calorcito que le devolvió el equipo en el segundo tiempo. Si el fútbol es un estado de ánimo, el Celeste demostró anoche que tiene con qué potenciar sus chances.

