Batista y la ola española
Después del Mundial le preguntaron a Carlos Alberto Parreira, DT campeón del mundo con Brasil, entrenador de Sudáfrica en la última Copa del Mundo, sobre Marcelo Bielsa.
Dijo que lo respetaba como colega, pero que la forma de jugar de Chile ante Brasil (ganó Brasil 3 a 0 en octavos de final) fue un suicidio. “No se lo puede confrontar con lo mismo a Brasil cuando tenés jugadores de menor calidad. Perdés seguro”, dijo Parreira. El brasileño, sin decirlo, le pedía a Bielsa pragmatismo.
Futbolísticamente hablando, Bielsa es un radical. Sus equipos juegan de una manera y pierden con sus cartas en la mano. No especulan. Van al frente, pegan y reciben, y terminan levantando los brazos o besando la lona. Ganan o mueren en su ley.
Así como en Chile, Bielsa también aplicó esos métodos en la selección Argentina. Aquí se lo valora por su trabajo y por su propuesta de juego, tan rica para el espectáculo. Se recuerda que ganó tranquilo las eliminatorias, pero tampoco nadie se olvida que esa misma oferta quedó trunca al costado de la primera curva en el Mundial de Corea del Sur-Japón.
Antes y después de Bielsa hubo entrenadores que adhirieron, con matices, a una misma manera de ver y sentir este deporte. Más convencionales en sus formas (cuatro defensores, tres volantes, un enganche y dos delanteros), José Pekerman y Alfio Basile respetaron la historia de buen toque, algo de habilidad y afán ofensivo que predomino siempre en el fútbol argentino.
El equipo de Pekerman hizo un buen Mundial en Alemania (perdió por penales con el local en cuartos de final) y el de Basile, en octavos de final en Estados Unidos (cayó ante Rumania en octavos de final).
Esa fue la primera versión de “Coco” como entrenador del equipo argentino. Su segunda gestión se difuminó en las oscuridades de hechos no resueltos y de frases de conventillo. Luego de varios pasos en falso, apareció Maradona y la historia es reciente y conocida.
Sergio Batista, quien hoy será oficializado, encarna la renovación en los cuerpos técnicos de los seleccionados argentinos que alguna vez exigieron los campeones mundiales en 1986, por el sólo hecho de haber sido campeones del mundo. "Queremos una oportunidad", dijeron.
Y ya hace un par de años están o estuvieron Maradona, Brown, Garré, Batista, Olarticoechea, Enrique, que arrasaron con todo vestigio que no estuviera a su altura como futbolistas.
En el zarandeo posterior al Mundial de Sudáfrica quedó Batista, y en la búsqueda del retrato más fiel al original, “Checho” dijo y propuso que Argentina sea España y que juegue como los flamantes campeones del mundo. Por eso intentó rodear a Messi como Barcelona lo apaña cada fin de semana, con la intención de que su jugador fetiche no extrañe a Xavi Hernández e Iniesta. Por eso desempolvó a Banegas y a Cambiasso y los puso de escuderos del “10”.
Y hace jugar a todo el equipo en función del potencial desequilibrio del Messi cuando en realidad debería potenciar toda la estructura colectiva para que éste pueda, sí, fulminar con su capacidad de superdotado.
Lo de Batista es copia. Hasta ahora, no tiene estilo propio. Con su antecedente del oro en los Juegos Olímpicos en Beijing 2008, “Checho” va a lo seguro: apuesta a un jugador, el mejor, lo hace más imprescindible todavía y queda sujeto a su talento. La apuesta es fuerte.
Es más o menos como la de Bielsa: si anda bien Messi todo irá bien. ¿Pero si anda mal? En eso se centra su pragmatismo. Y no parece tener variantes.

