Argentina, con un piso muy alto
En sólo siete años, el nivel de exigencia para la selección creció notablemente
En sólo siete años, el piso de la selección argentina de básquetbol se fue al techo. ¿Un juego de palabras? No, la frase sirve para graficar el crecimiento del nivel de expectativa que construyó la generación dorada y que deberá revalidar en Turquía 2010.
Hagamos memoria. A Indianápolis 2002, el equipo que conducía Rubén Magnano fue a la cita mundialista con el objetivo de meterse entre los primeros seis del torneo, un logro que le significaba conseguir la mejor colocación después del campeonato obtenido en la primera edición, en 1950. Claro que después del rendimiento argentino en esa competencia y del nefasto arbitraje del griego Mikkos Pitsilkas en la final con Yugoslavia, la medalla de plata tuvo sabor amargo. Pero ese segundo puesto, quién puede dudarlo, fue inmenso, inolvidable, fantástico.
Aquel subcampeonato fue la bisagra del básquetbol nacional. A partir de allí, le "peor" figuración de nuestro "Dream Team" fue el cuarto puesto del Mundial de Japón en 2006. Se le ganó dos veces a la selección de NBA de Estados Unidos, se consiguió la medalla dorada en Atenas 2004 y la de bronce en Beijing 2008, se cansó de levantar copas en torneos continentales y a nivel juvenil y hoy ocupa el número uno en el ranking mundial de Fiba.
Hace siete años, nos acostumbramos a exigirle a la selección un "piso de semifinales" y de hecho esa expectativa reaparecerá en el Mundial de Turquía. Cualquier otra clasificación tendrá sabor a fracaso.
"Lo difícil no es llegar, sino mantenerse" reza una máxima pronunciada reiteradamente por los deportistas. El básquetbol argentino bien lo sabe.

