El rugby, más que el fútbol
Es inevitable: cuando se juega un Mundial, los argentinos nos volvemos fanáticos de nuestra selección. Sea el deporte que fuere. Pero hay una excepción: cuando se trata de rugby, la comparación con el fútbol es inevitable, y, además de la fiebre por seguir a nuestro equipo, también se dispara una suerte de competencia interna. Feroz.
Desde la emoción a la hora de cantar el Himno nacional hasta la transparencia con la que se muestran las jugadas, todo se pone a consideración. Se sabe: Los Pumas llegan a las lágrimas cuando cantan la canción patria, no hay jugador que se queje de los árbitros y las decisiones que toman los jueces pueden ser analizadas con la ayuda de la tecnología. Sin chistar.
El fútbol ha estado siempre lejos de esos tópicos y ha sufrido, sobre todo en los últimos meses, el oprobio de una investigación internacional que hizo volar por los aires la (poca) credibilidad de la Fifa.
Los Pumas son un equipo que puede enseñarnos, como sociedad, algunas conductas que el fútbol ha desechado.
¿Pueden compararse el fútbol y el rugby? ¿Hay puntos en común que puedan convertirse en ejemplos positivos y negativos? Mi opinión es que sí. Que Los Pumas son un equipo que puede enseñarnos, como sociedad, algunas conductas que el fútbol ha desechado. La pasión por el juego limpio, la hidalguía ante los rivales superiores, la capacidad de asumir los errores y de digerir las derrotas son elementos básicos que vemos en cada partido. El rugby lo hace. Guste o no, el fútbol ha perdido el rumbo hace años y hoy, acostumbrados como estamos a tanto oscurantismo y locura, no puede más que rendirse ante ejemplos mucho más ricos. En eso, no hay como el deporte de la guinda.

