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Una hincha de Talleres perro

06 de junio de 2016 a las 12:16 p. m.
Una hincha de Talleres perro
Brazos en alto, Victoria saluda al fotógrafo de La Voz.

Soy el hijo varón que mi padre nunca tuvo, repetí durante gran parte de mi adolescencia. Todo comenzó cuando de niña mi viejo me llevaba a la cancha a ver Talleres, me compraba un pancho en el entretiempo y me ignoraba sistemáticamente mientras escuchaba los comentarios de Victor Brizuela con radio pegada al oído. Podían ocurrir dos cosas: que me aburriera y cambiara los partidos por una tarde en la plaza, como la mayoría de mis amigas, o que me interesara por lo que pasaba en el campo de juego. Entonces tomé una decisión y por fin hice las preguntas correctas. Mi padre me explicó con dedicación qué era una posición adelantada, qué significaba "jugar de enganche" y me habló del Talleres de Daniel Willington y el Hacha Ludueña.Entonces la alumna superó en intensidad (jamás en conocimiento) al maestro. Saqué de la pared el póster de la banda de rock del momento y en su lugar puse un afiche de Talleres. Me compré mi primera camiseta con los pesos que hacía animando fiestas infantiles y discutí con fiereza con mis vecinos cada vez que ponían a prueba cuánto sabía de futbol.

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Corría 2004. Para entonces me la pasaba todos los fines de semana en la estación de servicio del barrio para ver los partidos codificados con una gaseosa que hacía durar unas ocho horas. Ahí vi a Talleres en primera por última vez, y por primera vez a mi viejo con los ojos llenos de lágrimas.

Hoy ascendimos. Los partidos para ver en la tevé por el sistema codificado y la radio a pilas parecen cosa de la prehistoria. En doce años fue creciendo la presencia de mujeres en la cancha y demostramos la misma pasión que nuestros padres, hermanos o hijos.

A esta altura está claro que nunca fui el hijo varón que mi padre nunca tuvo sino la hija mujer que a mi viejo le tocó en suerte. La que se volvió “hincha de Talleres perro”, como a él le gusta decir.