Talleres siempre exige mucho equilibrio
Los que conocen bien de cerca el presente de Talleres saben a la perfección el esfuerzo que hacen quienes en este momento están al frente de la conducción del club.
También destacan la capacidad de trabajo de todos ellos, el sacrificio apasionado que le ponen a lo que hacen, la dedicación casi tiempo completo que les lleva la tarea y la forma como sufren cada vez que los resultados son diferentes a los deseados.
Por supuesto, nadie desconoce las presiones que padecen, que se relacionan directo con el hecho de que esos dirigentes se han puesto una sola meta, sin alternativa: el ascenso a la Primera B Nacional.
“Debemos entender que en el Argentino A hay 25 clubes y que ascienden sólo dos, por lo que puede suceder que tampoco este campeonato nos toque a nosotros”, se sinceraba meses atrás alguien que también conoce desde adentro y al detalle lo que demanda el funcionamiento de la “T”.
La mayoría de los que conducen Talleres tienen sangre albiazul, son muy hinchas, y eso tiene un aspecto positivo, porque es un reaseguro de que intentan hacer las cosas a la perfección, y también uno negativo, que es que muchas veces tanta pasión los traiciona y les impide mantener la mesura y el equilibrio que exige semejante responsabilidad, como es manejar uno de los dos clubes más populares de Córdoba.
Entonces hay declaraciones y posturas inoportunas (de esas que nada suman) que se repiten desde que el equipo descendió a la tercera categoría del fútbol argentino y emergen cada vez que el rumbo es el indeseado. Volvió a suceder la semana pasada, con un combo de reclamos públicos y poca autocrítica. Son momentos en que Talleres exige más calma que nunca, y sus actores de más peso tendrán que encontrarla y transmitirla.
El triunfo de ayer, que tiene el plus invalorable de que llegó con una gran cuota de amor propio, le permite terminar la primera rueda en un expectante segundo puesto. Y ahora llega una pausa para reacomodar cargas.

