Talleres: un fracaso con culpas compartidas
Ascenso frustrado; se buscan las causas y los culpables. El proceso natural de indignación, luego de tristeza y finalmente de resignación, será ese en Talleres.
Otra vez el equipo quedó en el camino; otra vez la frustración golpea fuerte; es la masividad de un club que en vez de perder hinchas los ha sumado en su momento deportivo más pobre, el motivo por el cual se ha sentido tan fuerte su caída. Es la tercera vez consecutiva que ocurre. Y por eso cuesta tanto entenderlo.¿Causas? Toda frustración provoca notorios cambios de dirección. La ocurrida en 2010/2011 obligó a pensar en un equipo sólido, hasta utilitario, que ganara más de lo que pudiera ofrecer su juego, algo que en las épocas de más lustre no se hubiera concebido en barrio Jardín.
¿Consecuencia? José María Bianco fue el elegido. Hombre de trabajo, armador de formaciones compactas y laboriosas, con experiencia en la Primera División y en la B Nacional, reunía elementos como para generar consenso. Lo logró. Hubo pocas voces en contra. El técnico que armó el plantel para afrontar esta temporada nunca pudo darle un perfil nítido y definido al equipo. Con su salida llegó Arnaldo Sialle.
El resto es ya conocido: Talleres, en general, fue un equipo partido en dos, que intercalaba dramas y festejos en igual proporción a los rendimientos que ofrecían en un mismo partido su defensa y su ataque.
Además de las responsabilidades de sus entrenadores, hay otra causa evidente que influyó para que quedara a un costado del camino: el pobre aporte de sus refuerzos. Salvo Sebastián Sáez, ningún otro pudo agregarle alguna pizca de calidad al menú que cada domingo ofrecía el equipo.
En ese sentido, ya sea por desconocimiento o por sus problemas internos (el caso Graieb, la nunca finalizada organización de su comité de asesoramiento), Talleres falló. Y eso se notó cuando el rigor del campeonato dejaba en evidencia la inconsistencia de un grupo que finalmente dependió mucho más de los jugadores propios que de los foráneos.
Afinar la mira. El ascenso de Douglas Haig, y el anterior de Guillermo Brown de Puerto Madryn ponen más en el tapete la búsqueda y la elección de los refuerzos. El Argentino A ofrece muchas zonas oscuras por su condición semiprofesional y por la vasta geografía en la que se produce la competencia.
En un torneo al que aspiran jugar una enorme cantidad de futbolistas que están llegando al final de su carrera y miles de pibes con sueños de primera división, hay que tener el ojo afinado y conocer los recovecos en donde crecen los jugadores con algún valor agregado en esta divisional para potenciar las posibilidades de ascenso.El luto está a pleno. Hay una fuerte sensación de frustración. Sin embargo, el traspié deportivo no debe sacar de eje otro aspecto fundamental: su normalización institucional.
Su gente no debe olvidar que Talleres ha sido un club devastado, vaciado, que se está levantando lentamente. No es poco que en muchos partidos medio equipo se conformara con pibes de divisiones inferiores; no es poco pensar en devolver la institución a los socios a finales del año próximo o en el primer semestre de 2014.
Contextualizar de este modo la frustración del hincha hasta puede resultar banal. Ya se sabe que en este país la valoración de cualquier irresponsabilidad o acierto en la conducción de un club queda subordinada a un gol anotado en el arco propio o ajeno, a un partido ganado o perdido y ni qué hablar si lo que está en juego es un título o un ascenso no conseguido.

