Román, su genio y el celular de Dios
“Quería jugar con Colón, pero Bianchi me echó a la mierda. Yo lo único que sé es jugar. Hace tres meses jugaba picados con mis amigos. Ahora estoy de nuevo de jugador”. Juan Román Riquelme renovó su DNI futbolero y lo definió con esas palabras.
Se hizo grande e hizo grande a Boca así. En la selección, también iba por el mismo camino. Inclusive pintaba para ser el socio tan buscado para Messi. Román es así.
En Boca lo tomaron siempre en cualquier versión y por más que haya dicho que no volvía más. En la selección, lo dejaron ir, por más que se haya arrepentido de aquel paso al costado que dio cuando Maradona, el entonces DT, le dijo que lo necesitaba más cerca del área, más desequilibrante y mejor físicamente, en 2009.
Bianchi y el Mundo Boca discan un único celular. El de Dios. El de Román. Aunque haya sospechas de que la línea sea vieja y ya no tenga la nitidez de otros años. Sin embargo, Riquelme tiene el temple para domar esa bola de nervios en que se convierten Boca y sus necesidades y el genio de aquello que más temen los brasileños.
Su pegada, la jugada en la cabeza para abrir un juego y lo difícil que es quitarle la pelota cuando el rival necesita el resultado. Aún en la selección se piensa qué hubiera sido del equipo de 2006, si Pekerman lo dejaba para aguantar ese 1-0 parcial con Alemania, como el propio equipo local hizo con su cerebro Ballack, aun lesionado y todo. Juega Boca, que juegue Román.

