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A propósito de la amarilla a Velázquez: un patadón a la alegría

29 de septiembre de 2015 a las 11:43 a. m.
A propósito de la amarilla a Velázquez: un patadón a la alegría
Velázquez festejó con una remera que le alcanzaron desde el banco y Laverni lo amonestó. (Foto: La Voz del Interior)

Ya nada debería sorprendernos en el fútbol argentino, pero no podemos menos que lamentarnos cada vez que observamos los fallos de los árbitros y su disparidad de criterios a la hora de sancionar una falta. La mayoría de los exhombres de negro (hoy de amarillo, rojo o rosa), por no decir todos, pretenden limpiar su sospechada imagen cubriéndose de un manto moralista y legalista. Ellos se muestran permisivos ante patadas que dejan afuera a jugadores por un tiempo determinado e inflexibles ante faltas menores o inexistentes.

Por la fecha 25 del fútbol argentino, Carlos Tevez fracturó a Ezequiel Ham, jugador de Argentinos Juniors, y el árbitro Luis Álvarez no sólo que no le sacó ninguna tarjeta al hombre símbolo del Boca actual sino que ni siquiera lo apercibió. Hoy nos preguntamos qué hubiera pasado si la jugada era al revés. Seguramente Ham hubiera sido declarado "enemigo público del fútbol argentino" y hoy estaría buscando club en el exterior. Pero no, fue Tevez, el jugador del pueblo al que todos salieron a justificar que no es un jugador mala leche. Claro, Tevez está lejos de ser uno de los jugadores pegadores del fútbol argentino, pero por su accionar no fue ni amonestado ni sancionado de oficio.

Más acá en el tiempo, por la fecha 26, Belgrano le ganó 1-0 a Colón en Santa Fe y el autor del gol, Jorge Velázquez fue amonestado porque del banco de suplentes le alcanzaron una remera con la leyenda "Fuerza Pa, te amamos". Saúl Laverni no dudó: amarilla por festejar. Las pata­das que recibió Zelarayán no cuentan, pero el festejo del desahogo de Velázquez fue castigado.

"Quería dedicárselo a mi papá que ayer (por el viernes) salió de terapia", contó Velázquez.

“Lloré, me emocioné y quería dedicárselo a mi papá que ayer (por el viernes) salió de terapia y me dijo que iba a ver el partido”, dijo Velázquez con la victoria consumada.

No hubo provocación, no hubo festejo desmedido, sólo hubo una cele­bración-homenaje de un jugador a su padre. Una descarga, un momento único y legítimo arruinado por la exasperante actitud legalista de un árbitro.