Lionel debe ser Messi y Maradona juntos
El precio de ser Messi es alto. Pero solamente él lo sabe. Pasar un cumpleaños fuera de su casa es apenas una parte de esa vida que decidió cambiar para lograr el sueño de ser el mejor del mundo hasta la obsesión de levantar una Copa del Mundo. "¿Qué me gustaría hacer? Poder irme al cine y que nadie me conozca", dijo un joven Messi, cuando visitó la Sede Integral de La Voz, y que ahora es padre de familia.
La cuestión es que tanto sacrificio habrá sido en vano si la situación futbolística no cambia. Sus compañeros de ayer, de hoy y de siempre lo idolatran; los técnicos (Martino, como antes Pekerman, Basile, Maradona, Batista y Sabella) tienen claro que no hay selección sin él y la gente quiere que sea el del Barcelona. La solución es jugar para Messi, pero vaya a saber cómo entiende ese concepto. Darle la pelota de espaldas al arco a 40 metros, no lo es. Esa cancha, que se prolonga por varios pasajes en cada partido, lo obliga a ser Messi y Maradona juntos porque debe desarrollar un talento similar al de un superhéroe para superar de tres marcadores en adelante y no morir en el intento.
Un patrón de medición alto, pero injusto. Messi no reniega del desafío y tampoco necesita que nadie lo defienda. El crack se basta sólo y los que, quizá, debieran defenderlo son sus compañeros tratando de potenciarlo, en lugar de desampararlo, a excepción de Javier Pastore. Como sucede ahora. Porque las situaciones no deseadas han comenzado a vivirse. Su poca gravitación en la Copa América anterior, la final ante Alemania y el juego ante Jamaica.
Aún así, Argentina estuvo a punto de ser campeona del mundo en Brasil 2014 y el rosarino quedó a ocho goles de igualar a Gabriel Omar Batistuta, el máximo anotador argentino con 54 tantos.
Pero con esa situación táctica ya mencionada, la peor para el mejor jugador del mundo, ya se cumplen 22 años del último título de mayores, aquel que se logró la Copa América de 1993, con Alfio Basile en Ecuador. Es difícil ser Messi. Hoy más que nunca.