A propósito de los procesos de quiebra: Crisis y ayudas divinas
"Dios quiera que no, pero Talleres va a desaparecer". La frase de Daniel Willington tuvo el mismo efecto que un puntazo al corazón aquel 13 de junio de 2009, cuando el club estaba en el umbral del infierno, a punto de caer al Argentino A.
Igual o peor debe haber sonado para el hincha de Belgrano la noticia conocida el 18 de septiembre de 2001, cuando la jueza Beatriz Mansilla de Mosquera decretó la quiebra de los celestes, con un pasivo de 19 millones de dólares, y ordenó la constitución de un fideicomiso.
Los vaivenes de la economía argentina pusieron siempre en jaque la existencia de las instituciones deportivas del país. No fueron pocos los clubes que quedaron en el camino para siempre tras la imposibilidad de hacer frente a una crisis financiera.
Talleres y Belgrano cerraron ayer un proceso de quiebra que los había dejado al borde del abismo. A la "T" el alivio le llevó 12 años de amarguras y fracasos deportivos, para la "B", en cambio, el peregrinar fue todavía un poco más largo: una década y media.
En aquel 2009, Willington representó el miedo y la incertidumbre de miles de hinchas de Talleres, de la misma manera que los piratas vivieron ese tobogán institucional de los primeros años de gerenciamiento, cuando la sombra del descenso a una tercera categoría parecía latente. La amenaza era más que deportiva: estaba en riesgo la vida misma del club.
Pero las entidades grandes siempre parecen tener los anticuerpos necesarios para salir a flote de las peores tormentas y de las más nefastas administraciones. Los denominados “cinco grandes” del fútbol argentino (River, Boca, Racing, Independiente y San Lorenzo) padecieron de “crisis terminales” que resultaron no ser tales y siguen en el ruedo como burlándose de sus deudas millonarias.
En Córdoba, los "grandes" ya capearon más de un temporal. Talleres hizo la punta en noviembre de 1970, cuando salió a remate la Boutique por una deuda con la Empresa Pavimentadora Sacif.
Diez años más tarde, en 1980, fue el turno del Gigante de Alberdi por una demanda entablada por el exjugador Rodolfo Rodríguez, en una época que se estaba haciendo cuesta arriba para Belgrano, que al año siguiente sufrió una nueva orden de liquidación, esta vez por un saldo impago de la transferencia de Miguel Ludueña, volante procedente de Central Argentino de Villa María. Como no hay dos sin tres, en 1988 el rosarino Juan Carlos Ghielmetti recurrió a la misma vía judicial para cobrar sus haberes.
En octubre de 1991, y con una diferencia de sólo tres días, las canchas de Instituto y Racing de Nueva Italia pasaron por la misma situación por deudas con Rodolfo Krausemann y Guillermo Aramayo, respectivamente. Pero al igual que todos los casos enumerados, la sangre nunca llegó al río. Por obra divina, como pidió Willington.
