A propósito de los incidentes en Laferrere: cuando se juega a muerte
Unos años atrás, en México, leí la frase por primera vez. A un hincha de las Chivas de Guadalajara se le había ocurrido por aquellos días, enero de 2003, lanzar una bomba durante el ingreso de su equipo. Arrojada de manera irresponsable desde la bandeja superior del Jalisco, una esquirla hirió a un espectador que terminó por perder un ojo en el incidente. A pesar de lo fortuito del incidente, un diario mejicano tiro una sentencia contundente: "Estamos en presencia de la argentinización de las barras".
Nuestro fútbol no sólo exporta la imagen de la calidad técnica y del espíritu de sacrificio de jugadores que son requeridos hasta de los rincones más recónditos del planeta. Al margen de ese perfil, del cual uno puede presumir, también va el “otro lado”, que muchas veces hace más ruido que una gambeta, un gol o una vuelta olímpica.
La agrupación "Salvemos al Fútbol", formado por familiares de personas asesinadas en ocasión de actividades de este deporte, relevó ya más de 300 personas muertas en nuestro país desde el 30 de julio de 1922, cuando un menor murió en la porteña cancha de Sportivo Barracas. La cifra, escandalosa de por sí, equivale, por ejemplo, a más de un tercio del total de las bajas producidas en un conflicto armado como el de las Islas Malvinas, en 1982. Un espanto.
Ayer, el escándalo volvió a ser noticia en un partido como el de Laferrere-Dock Sud, con un poco más de seguidores que el choque entre un combinado de solteros y casados. La trascendencia del encuentro es lo de menos. Porque no se trata de una derivación de lo que está en juego en el campo deportivo, sino de espacios de poder en otro terreno, el delictivo, donde cada "partido", al menos en Argentina, se juega a muerte.