El día después: La hora de sumar a todos los talentos
Cuando se vuelve la vista atrás, la distancia que hay entre lo que fue y lo que pudo ser muchas veces provoca estremecimiento. Es que saber que lo que pasó pudo no haber pasado y viceversa (lo que no pasó pudo haber pasado), cuando es muy frágil la frontera entre uno u otro desenlace, hace que uno tenga una sensación de desnudez frente al destino.
En el fútbol, cuando la suerte se define por penales es tan fugaz, tan pequeña esa diferencia que parece que la tarea de intentar controlar el destino, en la que mucho empeño ponemos cada día en esta vida (llegamos con sólo una certeza; lo demás se hace al andar), se vuelve casi un imposible.
No es lo mismo ganar o perder jugando de arco a arco durante el tiempo que dure un partido (con alargue incluido), que echar todo lo que se ha pensado, luchado y creado a una definición con remates desde los 12 pasos, frente a un arco solo. En el juego pueden influir muchos elementos para que las cosas resulten de un modo, pero por más que uno proteste contra la manera en que se dieron o disfrute de esos, sabe que, al fin y al cabo, así son las reglas.
Pero en los penales… puff, qué bravo se pone todo. Frente a la pantalla uno se aferra a objetos e incluso pensamientos que cree que pueden torcer el rumbo a nuestro favor, y se deja atropellar por el corazón que, frente a esa delgadísima línea que divide lo que pasa y lo que no, no tiene más remedio que llevar los latidos a marcha forzada.
Sin embargo, cuesta creer que los penales son pura lotería, como se suele repetir. Más bien pasa que en esa instancia son otras las cualidades que deben hacerse pesar, o acaso son las mismas pero con mayor exigencia. Por ejemplo: personalidad, decisión, confianza, velocidad de reflejos, intuición, buena lectura de los movimientos del oponente. Es decir, lo que se necesita siempre para lograr algo, pero subrayado y en un instante.
Cada uno sabe hasta que punto llegó su sufrimiento en el tremendo final de duelo frente a Holanda. Lo maravilloso fue que pasamos nosotros, aunque nos hayamos inundado de lágrimas en el festejo. El día después de los penales, esa tibia caricia que sólo pueden dar victorias así se reflejaban en las caras de la gente que trajinaba la ciudad.
De todos modos, nada de lo pensado, luchado y creado fue en vano: precisamente, sirvió para llegar a los penales, y si en algún momento arañamos el gol de la liberación, también se nos subió la agonía a la garganta (la tapada de Mascherano a Robben será la eterno foto que prueba que también se puede ser héroe defendiendo).
Lo que Argentina mostró el miércoles es algo que, personalmente, uno hacía tiempo que tenía ganas de ver en una selección: jugar con inteligencia, entrega y solidaridad, sin improvisación ni soberbia, pensando en una estrategia capaz de desbaratar a la también compleja que presentará el rival, en este caso uno de los más potentes equipos que había mostrado la Copa.
El planteo que dibujó Alejandro Sabella, interpretado de gran manera por los jugadores –con algunas tareas brillantes como la de Mascherano–, realza todavía más cuando se tiene en cuenta que fue el partido más apagado de Messi.
Es bueno saber que contamos con un iluminado, pero también lo es tener un equipo que sea la suma de todos los talentos.Es lo que necesitamos para el domingo, todos los talentos sumados, incluido el de Messi.