Desventuras de los sin entrada
Por Ángel Stival, especial para Mundo D.
El Mundial ha creado un nuevo grupo de excluidos en la realidad social argentina: los sin entrada.
Ayer eran más, muchos más de los que la tenían: por cada argentino con su pase al privilegio en regla, había dos que se desesperaban para no quedarse afuera.
Desde el mediodía, las entradas cotizaban como en la Bolsa. Había mucha más demanda que oferta, lo que se reflejaba en los precios. Pululaban los improvisados carteles confeccionados con leyendas en inglés, portugués y español. Según testigos e interesados, arrancó en mil dólares y bajó a 750. Los informantes cambiaron de moneda a medida que se abarataban los costos por la cercanía del partido: 1.400 reales.
Como suele ocurrir en el mundo financiero, no fue posible registrar ni una transacción, pero se contaba de unos mendocinos que compraron entradas baratas que resultaron falsas.
La reventa fue tema central desde temprano en las calles de Río, pintadas de celeste y blanco por una multitud calculada en 50 mil.
El precioso subterráneo que une Copacabana con el Maracaná se cansó de cargar argentinos, bulliciosos y esperanzados a la ida y un poco desilusionados pero igual de bulliciosos a la vuelta.
No era la muerte y la marea humana montó ante la pantalla gigante de Copacabana una de las fiestas más multitudinarias que se hayan visto. Anoche había medio Maracaná allí, con mayoría argentina.
El animador puso La mano de Dios, cantada por el cordobés Rodrigo y el clásico "Marado, Marado, Marado" desató la euforia. El entusiasmo no bajó nunca y asombró a todos. ¿Seguirá en Belo Horizonte?