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La obra de Ángelo Dundee

03 de febrero de 2012 a las 12:47 p. m.
La obra de Ángelo Dundee

Que el entrenador se crea más importante que el boxeador, no sirve. Que el boxeador se sienta superior a su técnico, tampoco sirve.

Ambos se deben un espacio y el milagro de una convivencia exitosa se produce en una sociedad de respeto y admiración.

Además, Ángelo Dundee contaba: "Me pasé dos meses tratando de rechazar a Clay (luego Muhammad Alí), pero ¿lo han visto ustedes alguna vez aceptar un no por respuesta?".

Ellos se conocieron en 1959, cuando Ángelo (su apellido verdadero era Merena) entrenaba a Willie Pastrano y el joven Cassius Clay llamó a su habitación y le pidió charlar cinco minutos. Tras ganar el oro en los Juegos Olímpicos de Roma 1960, Alí contrató a Dundee para entrar al profesionalismo.

Al fin de cuentas, dentro de un clima equívoco como el boxeo, Ángelo era de lo mejor que había en el ambiente.

La tercera pata. El doctor Ferdie Pacheco era un médico habitué al gimnasio que Dundee había instalado en Miami Beach, ocupando un local infestado de ratas y sin ascensor en Washington Avenue y la calle Quinta.

Pacheco observó el modo en que Dundee le daba rienda suelta al púgil, utilizando recursos psicológicos para extraer lo mejor de Clay.

Ejercía su autoridad pero sabía cuándo debía relajarse. Nadie como él para motivar a sus muchachos. Cassius lo veneró siempre. "Tiene dentro un montón de sangre negra", solía decir a modo de valorizarlo.

15 campeones. No debiera seguir hablando de Ángelo Dundee sin adelantar que de su fragua también salió Ray "Sugar" Leonard. ¡Bah! Empezando por Carmen Basilio, "el mejor técnico de boxeo de todos los tiempos" llevó al campeonato del mundo a otros 14 boxeadores, por lo que fue entronizado al Salón de la Fama de Canastosta en 1994.

A Brusa. "¡Qué bueno es tu negrito!", le dijo Ángelo, en el rincón de "Mantequilla" Nápoles, a Amílcar Brusa, en la esquina de Carlos Monzón, luego que éste venciera al mejicano. Dundee falleció el miércoles en Tampa, Florida, a los 90 años, de un ataque al corazón.

Por Elbio Ibarra Pretti