Lo de siempre ¿lo normal?
Han pasado tres fechas del Torneo Clausura. No es casualidad: arriba están Lanús y Vélez Sársfield, dos clubes de buena gestión dirigencial y deportiva. Y Boca Juniors, porque siempre debe estar Boca Juniors.
También hay sorpresas: All Boys, el humilde All Boys que festejó el punto que le sacó a Belgrano en Alberdi, y Tigre, el que no se da por vencido y que acecha a San Lorenzo en su intento de bajarlo a la zona de descenso. Y están otros, con más penas que alegrías. Con obligaciones incumplidas y expectativas hasta ahora frustradas. Y un pequeño grupo, en el que está Belgrano, que busca el paso corto pero seguro. Y que por el momento no necesita alcanzar grandes velocidades.
En tres fechas, el fútbol ya mostró su histeria. Fuera de sí, Alfio Basile invitó a pelear a los hinchas de Racing luego de la derrota ante Banfield. La Academia sacó un punto de nueve. El técnico había dicho la semana pasada que el fair play en el fútbol no existe. Que el jugador finge estar lesionado para que su equipo obtenga beneficios por un supuesto dolor. Hombres que caen electrocutados y a los segundos resucitan y vuelven a gozar de excelente salud.
Basile siempre ha sido así. Sus reacciones justifican el reconocimiento de que el juego limpio, aquí en Argentina, no se practica. Y de que la ausencia de pulcritud en estos espectáculos se da tanto afuera como en el césped.
Su vecino no la pasa mejor. Independiente tuvo lo suyo. "Dejen de robar" fue el mensaje a los futbolistas que no han ganado ni empatado todavía en el campeonato. Los hinchas les recuerdan el valor del dinero a los jugadores en las malas. Se olvidan rápido de la idolatría que les profesan, del privilegiado lugar que les reservan en el santuario propio. Teófilo Gutiérrez, antes fetiche albiceleste, el domingo se fue silbado e insultado. Gabriel Milito, tótem rojo, tuvo que darles explicaciones a los que se las pidieron.
En el medio, las zonas difusas. Que ante tales expresiones de intransigencia suenan a anécdota. Por ejemplo, entrenadores que se enojan de opiniones diferentes. Riquelme dice que Boca a veces no gusta. Falcioni que se enoja. Un alto dirigente de Boca refrenda lo de Román. Y Boca, que a pesar de seguir invicto, aún con un ya eterno invicto, desata polémicas y vuelve a instalar aquello de que ganar no implica necesariamente jugar bonito. Y todo obliga al gesto enojado. A la respuesta limitada. A la mirada desconfiada. Sucede no sólo los domingos. Forma parte de la dramática trama que nos ofrece todos los días esta todavía (para muchos) atractiva propuesta deportiva.
El problema es que ya nos acostumbramos. La apostilla es más importante que el comentario. El vestuario es más trascendente que el campo de juego. ¿Es imprudente decir que en Argentina desde hace muchos años el nivel de juego es apenas discreto y promover con eso un debate intenso y maduro? Hasta ahora no ha sido posible. Y por eso la impaciencia y la intolerancia la llevan robada.

