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Las historias repetidas

20 de marzo de 2012 a las 10:55 a. m.
Las historias repetidas

Sus historias se parecen más y más. Hace menos de un año, River comenzaba a viajar hacia lo desconocido. Precedía aquella eliminación ante Belgrano un interminable rosario de desaciertos.

Violencia, denuncias de corrupción, barrabravas poderosos, dirigentes débiles y permeables, todo eso había subvertido el orden institucional en Núñez. En muy poco tiempo, su rica aventura de más de un siglo, profusa en títulos, generosa en espectáculos, productora de grandes jugadores, había sucumbido ante lo imposible. River se iba al descenso. Un club que tiene en Argentina uno de los niveles de masividad y de fidelización más elevados en su particular clientela caía vencido. Entre lágrimas, indignación y sorpresa, muchos lo padecían. Unos pocos lo habían hecho posible.Sin tener hasta ahora idéntico final, San Lorenzo parece seguir el mismo viaje. Generador de equipos distinguidos, cultor permanente del buen juego en botines sensibles, siempre fue considerado como un grande del fútbol argentino.

Sus pergaminos locales le avalaron esa condición, aunque su gran deuda externa (un título internacional) lo ha dejado detrás del Vélez multicampeón de las dos últimas décadas. Hoy sus estructuras tambalean tras padecer varios sismos y cientos de remezones.

Su barra inquisidora y agresiva puso a más de un jugador o técnicos en apuros. Desde varios años atrás hasta hoy, y por sus ambiciones que produjeron gastos desmedidos, tuvo que depender de aportes privados y de opiniones que lejos estaban de nacer en los ámbitos propios de la entidad.

Abundante discurso produjo la penúltima conducción de la entidad, en la que para muchos el verdadero presidente fue Marcelo Tinelli y no Rafael Savino, un fiel ejecutor de las ideas del productor y conductor televisivo.

San Lorenzo pena a estas horas por la polémica decisión de Diego Abal, que validó el gol de Ariel Garcé, de Colón, y que le quitó a los Boedo un triunfo imprescindible en el Nuevo Gasómetro.

Ese suceso encrespó los ánimos y desató la violencia. Heridos por el momento delicado que les toca vivir, los hinchas arremetieron contra el árbitro y contra sus fantasmas. Lo que hubiera sido una oscura anécdota en otros tiempos, este otoño parece recibir la determinación de Abal como otro agravio a la alcurnia de Boedo.

Todo esto no es nuevo. Boca tuvo su momento de crisis en los ’80, pero no naufragó. En un estadio casi abandonado y en medio de balazos de goma, Racing descendió en aquellos tiempos. Rosario Central presentó en 1984 y en la temporada pasada los mismos síntomas. Independiente reúne todas las condiciones como para seguirles los pasos. Con una deuda de más de 200 millones de pesos, con una legión de barras agazapada y atenta al asalto ante el menor desliz del nuevo presidente, Javier Cantero, en Avellaneda podría ocurrir lo mismo.

El diagnóstico ha sido común a todos los clubes que descendieron de categoría y a muchas otras instituciones sociales: anarquía y violencia. En Córdoba, lo produjeron tanto la política como el fútbol: Belgrano y Talleres quebraron y descendieron. No por viejo este problema dejará de repetirse. En la cancha y fuera de ella, el fútbol no se cansa de repetir errores.