Loeb y el dictado del corazón
Por carisma, por actitudes y fundamentalmente por ser el dueño de aptitudes inigualables entre sus pares, el francés Sebastien Loeb logró entrar en el corazón de los cordobeses, que lo adoptaron como uno más, casi al nivel del fernet o el cuarteto.
Es, por méritos propios, uno de los deportitas elegidos por el gran público cordobés que, año tras año, copa las serranías en busca de una aventura única e irrepetebile, por más que la ceremonia se mantenga en el tiempo.
Ayer, Loeb transitó por última vez los caminos que lo vieron consagrarse campeón por octava vez consecutiva. Él ya había anunciado su retiro y también elegido estar en cuatro cuatro carreras, todas con un significado muy especial: Montecarlo (la primera del año); Suecia (un desafío en la nieve); Argentina (por el cariño que recibe en Córdoba); y, por razones más que obvias, Francia.
En un estratega como Loeb, con nueve títulos mundiales, la elección no tuvo nada de azar. Eligió cada una de acuerdo al dictado de su corazón. Y así lo interpretó la gente, "su" público, que en esta edición se conformaba sólo con verlo pasar, admitiendo de antemano que otro galo (Sebastien Ogier) era el gran candidato. Pero el destino de los héroes suele alimentarse de condimentos extras.
Lo tuvo Loeb, que aprovechó un error de su compatriota en la segunda etapa y le regaló a la gente y se obsequió una victoria que lo deposita por siempre en la historia del deporte cordobés.

