Temas del día:

Racing y la soledad del cemento

Se sobrepuso a la derrota en el clásico y a sus vacilaciones

16 de diciembre de 2014 a las 09:40 a. m.
Racing y la  soledad del cemento
Campeones. En el centro, con el “22”, el líder Diego Milito encabezó los festejos de Racing. A la izquierda aparece Luciano Lollo, quien fue clave. // Foto: AP

Metemos la sonda por las tripas del Racing campeón. Husmeamos los mosaicos del vestuario que lo saben todo. Olfateamos el linimento del masajista. Nos dicen que Diego Milito fue el líder que dejó que los dirigentes pusieran las cifras de su contrato; el de la palabra rápida y contundente; el que estimuló a todo el plantel ("¿Cómo, este ganó casi todo y viene aquí a salir campeón?"); el que movilizó a todos los hinchas (se hicieron la misma pregunta que los jugadores); el que intimidó con su convicción al que la tuviera indefinida; el que a los 35 años sorprendió por la juvenil energía para ser otra vez el mejor…A partir de él, líder positivo, todo: Sebastián Saja, de pronto, rejuveneció; Luciano Lollo repitió actuaciones celestes; Leandro Grimi y Gastón Díaz fueron una buena compañía; Ezequiel Videla definitivamente conmovió; Marcos Acuña, Ricardo Centurión y Gabriel Hauche tuvieron un muy buen torneo y Gustavo Bou, literalmente, explotó.

Arremetida digna de un Carlos Pellegrini o de un San Jerónimo la que llevó a la Academia a mostrar el hocico un segundo antes que River Plate. Seis sobre seis; o 18 sobre 18, en partidos y en puntos para un rush devastador, que a su paso hizo dar vueltas como trompos a sus adversarios. Racing tuvo el gran mérito de sobreponerse al sincericidio de Diego Cocca, que subvaluó el resultado del clásico ante Independiente (fue derrotado) y que debió soportar la abrumadora histeria de los hinchas, que en Argentina toman a los clásicos como vital influjo para sus futuros. Por eso al técnico lo quisieron echar. Fue indecorosamente traidor. Minimizó lo absoluto. No le importó el dolor propio y le quitó trascendencia a la felicidad del vecino.

Postrado, a punto de desfallecer, a ocho puntos del líder River Plate, que se regodeaba de su fútbol, de su invicto y de otra posible corona, el Racing redivivo de Cocca ganó en Córdoba, ganó en Rosario, ganó en su cancha y en todo lugar por el que debió pasar. ¿Insultos? ¡Nooo! Amor para Cocca. Ternura para ­Saja. Elogios y pasión para, Bou… La gente, de cualquier hinchada, cambia rápido el casete y listo.

¿A otra cosa?

Y sí. A otra cosa. A ver la otra cara del fútbol. El hermoso espectáculo que ofreció el Cilindro de Avellaneda el domingo a la noche en la consagración albiceleste fue protagonizado por una sola afición. Lejos de las mínimas expresiones de civismo y de respeto por el otro, el fútbol argentino encuentra en este forzado aislamiento el único resquicio para evitar más muertes de las 15 que hubo en 2014. Ocurrieron antes, ­durante y después de los partidos. Entre simpatizantes del mismo equipo y entre hinchadas rivales. Dentro y fuera de los estadios. Por razones estrictamente futboleras o por cuestiones de poder.

La inacción para erradicar la violencia es el gran mal dentro de tantos males que conviven con el fútbol. Anoche jugaron por un ascenso en un estadio de Instituto despoblado y frío, Aldosivi y Gimnasia y Esgrima de Jujuy; el viernes, en el mismo escenario, lo harán los jujeños y Nueva Chicago.

El domingo lo hicieron, en Mendoza, Huracán y Atlético Tucumán. La dirigencia del fútbol y los funcionarios en seguridad han resuelto evitar problemas pateando la pelota hacia otras provincias para que las definiciones deportivas se produzcan en estadio cerrados.

El eco de los gritos de los jugadores rebota en el cemento y llega a los micrófonos. La escenografía es monocorde. Escalones grises de fondo le dan un marco tristísimo a un espectáculo que sí o sí debería tener mucho más entretenimiento, diversión y competencia que cualquier otra característica.

Todo indica que este circo, con sus mismos componentes y su bárbara discapacidad, seguirá girando por todo el país. El temor es que la fiesta en Avellaneda haya tapado todo. Y que los que viven del deambular circense sigan haciendo su propio negocio.