Quedate, Chiarini
Mirá la columna de Enrique Vivanco sobre el gran arquero que tiene Instituto. Y que podría irse en pocos días.
Reacciona como Iron Man ante cada proyectil que busca doblegarlo. El ejemplo virtual nada tiene que ver con la naturaleza bien terrenal y tranquila de un hombre sumamente medido en sus reacciones, salvo cuando tiene el travesaño sobre su cabeza y una serie de verdugos dispuestos a ejecutarlo.Julio Chiarini saca los brazos a la velocidad de la luz ya sea para desviar el cabezazo desde cinco metros de Jonathan Galván en pleno asedio marplatense o para empujar al córner esos tiros libres cruzados, que pasan entre varios hombres y que por numerosos –y por los constantes intentos de los delanteros por conectarlos– confunden al arquero, que termina buscándola dentro del arco.
A sus 31 años logró otra vez que toda la asistencia al Monumental de Alta Córdoba lo ovacionara. Para la tribuna es Julio y para sus compañeros es el hombre que suaviza o hace olvidar errores defensivos y renueva esperanzas. Instituto bien podría haber empezado perdiendo ante Aldosivi; o también habría sido entendible una igualdad, de no haber hecho gala el arquero de unos reflejos excepcionales.
En la intimidad del plantel al arquero de Oncativo lo saben tan ocurrente y divertido en un asado como serio y de palabra justa y escuchada dentro del vestuario. No alcanza la personalidad de Osvaldo Barsottini o Iván Furios, antecesores suyos como capitanes, que en su momento hicieron sentir algo más que sus palabras dentro de las cuatro paredes en las que se cambian los futbolistas.
Algunos tal vez hubieran esperado algo de eso en él para levantar el ánimo de un plantel de convicciones medianas y de ánimo inestable. Pero no se calla; a su manera, hizo entender a sus compañeros su fastidio por una campaña poco generosa con los hinchas.
Más de un simpatizante querría tenerlo hasta el final de sus días con la camiseta gloriosa. Sus enormes atajadas pasan a ser más que un alarde de eficiencia. Son un símbolo de la excelencia de la que se vale cada club para enorgullecerse de sus recursos humanos.
Tiene tres años de contrato, de los que ya está terminando el primero. La dirigencia trató de retribuirle el gran torneo pasado, aunque sabe que será difícil retenerlo si surge una propuesta atractiva. Dicen que él no quiere cambiar chinches por bolitas. Desea progresar en el fútbol pero no a cualquier precio. No cambia la comodidad y la tranquilidad de un club que lo contiene y lo festeja por ser suplente en un plantel de la máxima categoría.
De todas maneras, su futuro es incierto. Si se va, nada se le reclamará. Sólo quedará el recuerdo del arquero que la temporada pasada estuvo a punto de ascender con un equipo que jugó por momentos muy bien y que claudicó en los metros finales, y el poderoso pero a la vez sencillo líder de un equipo que, como el actual, sólo fue de gestión ordinaria.
Su permanencia en el club, a su vez, ilusiona. En Instituto no se recuerda en el corto y mediano plazo a un arquero que dejara tanta huella en cada área del Monumental. Chiarini es bueno en serio. Y no apareció en esos tiempos en los que la pobreza de números y de emociones hacen ídolo a ocasionales buenos intérpretes. Por eso vale el consejo: en los próximos partidos, péguese una vuelta por Alta Córdoba; en una de esas, en la próxima temporada, Chiarini podría ser un grato recuerdo.

