La lógica de los extremos en el fútbol argentino
Mirá el análisis del nuevo mapa de nuestro fútbol. Por Enrique Vivanco.
El gol de Román Strada parecía conducir al mismo final. Los hinchas de Sportivo Belgrano maldecían por lo bajo otro desenlace adverso. Además del silencio, volvían a instalarse las imágenes de aquellas películas con cierres indigeribles. Nadie lo podía creer. Ya habían pasado dos finales en el Argentino B, en aquellos tiempos de remos más cortos y aguas más densas.
Volvía a dibujarse en el aire el blanco y el verde de Desamparados de San Juan y su breve pero contundente gesta ante un Oscar C. Boero igual de lleno e igual de mudo. No podía pasar inadvertido el grito casi guaraní de Crucero del Norte, hace muy poco, tan sonoro que parecía partir en dos el repetido murmullo de desencanto.
A los verdes de barrio Alberione, a los gringos del este provincial, menos cordobeses y más santafesinos ante un penal mal cobrado en esta capital e igual de orgullosos por ser de donde son, les costaba recordar en esos minutos de adversidad la última final ganada en su propio estadio. Ni aquel recordado ascenso al Argentino A ante Deportivo Maipú conseguido en Mendoza servía de consuelo.
Sin embargo, el gol de Aróstegui borró todo resabio de desengaño. De inmediato florecieron el tesón inclaudicable del campo y el empuje evidente de la modernidad. Y lloraron los chicos y los viejos. Y el club pequeño, de presupuesto casi fugaz y contornos breves, del muchas veces maltratado interior del interior, luego del diluvio tomó una dimensión inaudita, y con esa nueva envergadura, empezó a dar los nuevos pasos. Sportivo ya es uno de los extremos en la B Nacional. El destino lo llevará a chocar con el otro extremo, Independiente de Avellaneda.
Sus destinos, con mucha lógica, se unirán por haber transitado las antípodas. Castigado por sus propias miserias, el desaliñado Rey de Copas mostró hace unos días otra foto perversa en su extensa galería de imágenes de desatino. Su presidente, Javier Cantero, tuvo que huir de una asamblea de socios establecida para planificar su laberíntico futuro.
Lo circundaban sus pares de comisión directiva (entre ellos dos mujeres y un discapacitado motriz) que soportaron sillazos, zapatillazos, escupitajos y todo tipo de insultos. Como en un circo romano, en las graderías superiores una horda de socios y de no socios le reclamaban su renuncia por haber participado en uno de los peores delitos que en nuestro país se puede cometer: presidir una institución cuyo equipo descendió.
Lejos del linaje de otras épocas, los dirigentes de Independiente de los últimos 20 años han sido al menos dispendiosos e ineficaces a la hora de sostener una de las más ricas historias del fútbol mundial.
Han dilapidado el dinero que sus austeros predecesores se encargaron de juntar para armar equipos y levantar obras; han regalado la potestad de una entidad, otrora modelo y ejemplo para la sociedad, a la anarquía y a la delincuencia. Han devastado un refugio para la infancia y la juventud, para el deporte activo de los pibes y el ocio pasivo de los viejos.
Algunos dirán que en la diversidad está el encanto. Se frotarán las manos al saber que la B Nacional volverá a ser atractiva. Que habrá superpoderosos y menesterosos.
Que estarán Talleres, Instituto, Banfield, Huracán de Parque Patricios, Gimnasia y Esgrima (J), San Martín (SJ) y Unión. Y también Sportivo Belgrano e Independiente. Uno por respetar el ciclo de la vida: haber madurado después de su época siempre verde; otro, por estar haciendo exactamente lo contrario. Lo tienen merecido.

