Argentina y una Copa América nada fácil
Atacar pero sin desprotegerse será una cuestión para el equipo de Martino.
Se lo veía bajar al colombiano Carlos "el Pibe" Valderrama en la playa de estacionamiento del entonces Estadio Córdoba.
Cientos de kilómetros más al sur, Diego Maradona mostraba cómo todavía relucía la lámpara frotada un año atrás en México. En ese mismo certamen, Enzo Francescoli y Antonio Alzamendi iban a refrendar con la Celeste, en el mismísimo Monumental, su condición de ídolos rioplatenses. Fue la Copa América de 1987 en nuestro país, la del ¡Chile 4-Brasil 0! en el Chateau.
La de la previsible distensión argentina luego de ganar un título mundial (ya había derrapado en España 82 tras ganar el del 78), de la vuelta olímpica uruguaya y del sorpresivo segundo puesto chileno. Y la del podio completado por Colombia, que dejó afuera en una semifinal a los dirigidos por Carlos Bilardo.
Hubo muchos nombres ilustres para engalanar aquel torneo, al que se agregaron Bebeto y Romario dos años después cuando se disputó en tierras brasileñas y que tuvo como ganador al seleccionado local. Esa dupla de "bajitos", temible por lapidaria, un año después ayudaría para que el Scratch se consagrara tetracampeón mundial en Estados Unidos.
Dos años después, sin la presencia de Diego pero con una ofensiva rubia y portentosa, la Albiceleste se consagraría campeona en Chile. Sus arietes que derrumbaban todo a su paso eran Claudio Caniggia y Gabriel Batistuta.
En 1993 nuestra selección obtendría en Ecuador su última distinción de gran envergadura a nivel profesional. Desde Argentina ‘87, grandes futbolistas y buenos equipos la integraron, en la misma tónica que la de sus adversarios de continente.
Sin embargo, esta vez, en las ocho ciudades y en los nueve estadios en los que se jugará la Copa Chile, la afluencia de grandes estrellas parece no tener antecedentes.
Por la trascendencia mundial, por sus logros obtenidos y por el peso específico que tienen en cada una de sus selecciones, esta edición promete ser muy atractiva y de alto nivel de competencia. Alrededor de Claudio Bravo, Arturo Vidal y de Alexis Sánchez estará todo Chile, cuyos equipos nunca alzaron un trofeo de estas características.
Brasil, con Neymar, David Luiz, Thiago Silva y Dani Alves, por citar algunos de sus componentes, tratará de sacarse el lastre del 1-7 frente a Alemania y de un mundial propio decepcionante; Colombia aportará calidad universal en James Rodríguez, Juan Cuadrado y Radamel Falcao García, y Uruguay, la selección más ganadora de este título, intentará demostrar que aquella dupla Caniggia-Batistuta nada tiene de superior a la que hoy componen sus acorazados con Edinson Cavani.
Y además estarán Paraguay, Ecuador y Perú para asomar la nariz, si es que los dejan.
No será sencillo, ni mucho menos, el acceso al Olimpo sudamericano para el equipo del "Tata" Martino. De entrada lo esperarán Paraguay y Uruguay en el mismo grupo (también está Jamaica), más que examinadores, adversarios siempre difíciles y complicados y muchas veces infranqueables, en trámites siempre ásperos y de mucho desgaste físico.
El entrenador rosarino tendrá la tarea nada fácil de conciliar el espíritu ganador de sus hombres y la necesidad de alzar una Copa tantas veces postergada, con el desgaste y la posible distensión que algunos jugadores puedan expresar luego de haber ganado hace poco cosas muy importantes a nivel individual y en sus respectivos clubes.
Ante él y los hinchas se ubica el dilema que no han sabido dilucidar los antecesores de Alejandro Sabella y que el mismo técnico subcampeón mundial resolvió parcialmente en Brasil 2014: exprimir al máximo el enorme potencial de algunos futbolistas y a la vez lograr un equilibro de conjunto que no lo haga depender de sus individualidades.
¿Jugará finalmente Tevez al lado de Messi? ¿Pastore será el iniciador de las jugadas en tres cuartos de cancha? ¿Quién será el acompañante de Javier Mascherano en el centro de la cancha? ¿Otamendi o Demichelis conformarán la zaga central junto a Garay?
Las preguntas sobre casos específicos se multiplican para tratar de desentrañar una formación que refulge en nombres propios, pero como muchas veces ha ocurrido, ha sido inexpresiva y vulnerable desde lo colectivo.
Atacar pero sin desprotegerse es la cuestión que ha marcado el movimiento en conjunto de una camada de jugadores consagrados, idolatrados fronteras afuera, pero que parecen no haber respondido totalmente al genio criollo, que insiste en exaltar y sobredimensionar virtudes en reciprocidad con los títulos conseguidos.