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Argentina, en tiempos de organizar

14 de octubre de 2014 a las 04:24 p. m.
Argentina, en  tiempos de organizar

Brasil, cauto, preparado para defender, todavía conmovido por las siete cachetadas alemanas, se llevó la victoria. Argentina desinhibida, subcampeona, en principio dominadora, terminó derrotada.

Bien puede decirse que cada partido es una continuidad de otro, o forma parte de una historia unida por un hilo invisible que explica el por qué de cada actuación.

Brasil seguirá conmocionado durante mucho tiempo por su mayor frustración futbolística. Por muchos meses no se verá al equipo superior, pentacampeón, que parecía doblegar cuándo y cómo quería a sus adversarios. La historia reciente, de la que no se puede sustraer, dice que el fuerte golpe al mentón que recibió en su propia tierra horadó su orgullo, le perforó la autoestima, lo obligó casi a empezar de nuevo. Por eso hubo tantas camisetas amarillas alrededor de Lionel Messi, de Ángel Di María o de Sergio Agüero. Por eso Brasil, en el Superclásico de las Américas del sábado pasado en Beijing, prefirió esperar y después atacar.

Argentina tiene como historia inmediata un subcampeonato: más de lo que pedían o intuían los escépticos, y menos del parámetro de los demasiados exigentes. Tras ese logro y la reciente goleada a Alemania en Düsseldorf, corren tiempos de calma, de transiciones moderadas, del pase de Alejandro Sabella a Gerardo Martino como en una mitad de cancha y sin adversarios a la vista. Todo tranquilo. Sin histerias.

Ese contexto se reflejó en el campo de juego del estadio chino.

Argentina, con Messi, salió a comérselo a Brasil. En esos primeros minutos se enfrentaron más que nunca la subcampeona mundial y la todavía vapuleada canarinha.

Pero todo pasa, decía Julio Humberto Grondona. O fue pasando. Se diluyó rápido el aluvión argentino y sólo quedó, aislado, aquel penal atajado por Jefferson a Messi. Luego ganó la estrategia y la táctica. El agrupamiento de volantes alrededor de Messi y Di María y la salida rápida hacia el arco de Sergio Romero.

Pero, por supuesto, también ganó el fútbol. Porque aparecieron Neymar, Willian y Diego Tardelli. Y la preparación del partido por parte de Dunga encontró justificación en los lacerantes contraataques de su equipo que tanto dañaban a los argentinos. Toque y habilidad en los brasileños que empezaron a encontrarse con sus raíces; las que nunca debieron abandonar. Enfrente estaba Javier Mascherano contra todos y contra la descarnada enseñanza para Martino: no todo debe recaer en la inspiración de los futbolistas. Por eso, en Beijing se enfrentaron dos equipos, dos entrenadores y, más que nunca, dos realidades. Dunga debe dar una vuelta de tuerca de forma inmediata. Con resultados y más resultados y también con organización y mucho juego, Brasil tiene que volver a la salir a la superficie. La Albiceleste lo ayudó un poco a cumplir ese propósito.

Argentina tiene que reafirmar y mejorar su segundo puesto, desde la “supuesta” comodidad de mirar alrededor desde casi lo más alto.

Lo hará con la urgencia que siempre debe tener una potencia para seguir reafirmando sus atributos. Tiene futbolistas. Y tiene un técnico, al que le gusta que esos mismos hombres jueguen bien a la pelota.

Pero así como Sabella les dio una organización como equipo, más libre en el comienzo del mundial y más pijotera en los tramos finales, Martino tendrá en ese aspecto, su propio desafío.

Y no sólo será pulir esa plausible pero a veces inútil y peligrosa traslación del balón entre todos los defensores al salir jugando desde el fondo, sino en darle identidad a una expresión, más allá de los rivales y las circunstancias. Argentina, el sábado pasado, perdió casi todas las pelotas divididas y apenas levantó las manos para defenderse. Empezó brioso y terminó desorientado. Fue ante Brasil; quizá por eso sea más doloroso. Hay tiempo para que Martino haga su trabajo.

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